Māra
māra (pali māra)
El Tentador, la muerte personificada —«el rey de la muerte»—. Fuerza que «da cuenta» de quien vive en la incontinencia de los sentidos, pero no halla asidero en el vigilante cuya mente es fortaleza. En el *Dhammapada*, *Māra* no es un diablo externo: es la figura mítica del impulso que esclaviza —placer sin medida, negligencia, codicia— y cuyo dominio se desvanece a medida que crece la vigilancia.
Celui qui a seulement le plaisir en vue, qui vit dans l’incontinence des sens, qui jouit sans mesure, ce lâche dépourvu de toute énergie, Mâra vient à bout de lui, aussi facilement que le vent d’un arbre fragile.
La palabra māra deriva de la raíz mṛ, morir: Māra es literalmente el «hacedor de muerte». Fernand Hû traduce su nombre como «Mâra» y, en el versículo 170, lo glosa sin rodeos: «el rey de la muerte». Pero el Dhammapada lo presenta menos como un demonio que como una fuerza. El versículo 7 traza su retrato: sobre quien «solo tiene el placer en mente», quien «vive en la incontinencia de los sentidos», Mâra ejerce su dominio «con la misma facilidad con que el viento derriba un árbol frágil». El versículo 8 invierte la imagen para el continente y enérgico: sobre él, Mâra «no logra imponerse […] como el viento ante una montaña rocosa».
El dominio de Māra no es, pues, un destino, sino una función del estado interior. Allí donde reina la sed, encuentra una puerta; allí donde vela la vigilancia, vaga sin camino —«Mâra no halla su senda» (versículo 57)—. El versículo 40 ofrece el arma: «Quien […] ha convertido su mente en fortaleza, —que ese […] someta a Mâra al yugo». Vencer a Māra consiste en dejar de ofrecerle el asidero que explota: las «flechas de punta florida» del placer (versículo 46), que una atención ejercitada quiebra.
Māra ≠ tanha: la sed es el afecto, el movimiento interior; Māra es el agente mítico que lo explota y lo personifica como rey. Y Māra ≠ windigo: el hambre caníbal algonquina es un apetito que devora lo vivo, un exceso de consumo; Māra no devora —seduce y esclaviza, para luego segar a quien se dejó atrapar.