Égards ajustés
La actitud ética que Baptiste Morizot opone a la alternativa gastada entre explotar y santificar lo vivo. En lugar de otorgar a todos los seres un mismo estatus moral fijado de antemano, consiste en conceder a cada uno los *miramientos* apropiados a su forma de vida, y en corregirlos sin cesar según la manera en que responde. La palabra justa es *«ajustados»*, no *«justos»*: no hay una buena relación establecida de una vez por todas, solo un *coajuste* que retomar.
Les égards à inventer sont “ajustés”, et non pas “justes”, précisément parce que les êtres en présence sont des êtres en vérité inconnus dans leurs puissances : on ne dispose pas de leur statut moral définitif (personne, dignité, fin en soi, moyen, pure matière) ; il faut constamment ajuster et réajuster les égards aux réponses qu’ils nous font, à leurs manières de réagir, de plier notre action pour nous la renvoyer autrement.
El término nace de un rechazo. Frente a un entorno o a un animal, la modernidad solo propone dos gestos: ponerlo a trabajar (explotarlo) o ponerlo bajo campana (santuarizarlo). Morizot considera que ambos son el revés el uno del otro, dos herencias del mismo dualismo que separa al humano del resto. El egard ajusté abre una tercera vía: ni exprimir ni dejar intacto, sino responder a lo que pide, aquí y ahora, tal forma de vida.
El gesto de pensamiento consiste en desplazar «justo» a «ajustés». Lo justo supone que existe una relación correcta, que bastaría con descubrir para darla por saldada. Pero los seres vivos son «seres de verdad desconocidos en sus potencias»: no se conoce de antemano su estatuto, se aprende de sus respuestas. Los polinizadores «responden» a los pesticidas desertando; el bosque responde a la tala. El ajustador es un artesano, dice Morizot, un sastre siempre dispuesto a reajustar —nunca un legislador que fija una regla y pasa a otra cosa. Por eso esto pertenece menos al ámbito del derecho, que debe estabilizar los estatutos, que a la práctica cotidiana de campesinos, silvicultores y conservacionistas.
Los égards ajustés no son, pues, «derechos iguales» extendidos uniformemente a todo lo vivo: un lobo, un río y un suelo no exigen los mismos égards. Tampoco son la santuarización, que suspende toda relación en nombre de la protección. Allí donde se erige un estatuto, ellos tejen una diplomacia; allí donde se decreta de una vez por todas, ellos reajustan sin fin.