la femme du Ciel
Skywoman
Nombre que la botánica Robin Wall Kimmerer (pueblo potawatomi) da, en su inglés de escritura —y no una palabra de una lengua indígena—, a la primera mujer del relato de origen que guardan los pueblos de los Grandes Lagos norteamericanos. Cae del mundo de arriba por un agujero del cielo, apretando contra sí un pequeño bulto: frutos y semillas arrancados del árbol del mundo celestial. Los animales la salvan —los gansos la amortiguan, la tortuga ofrece su lomo, una rata almizclera muere al traer un poco de barro del fondo—, y sobre ese barro extendido en el caparazón siembra sus semillas y danza un mundo verde. El nombre no designa a una diosa que ordena desde lo alto, sino una postura: la primera antepasada llega como jardinera e invitada, las manos llenas, deudora —recibe la tierra de los demás seres vivos y les devuelve haciéndola florecer. Kimmerer la opone término a término a *Eva*: dos mujeres caídas de un jardín y un cielo, pero una hacia el destierro (la tierra como castigo, la verdadera morada en otro lugar), la otra hacia la co-creación (la tierra como don y hogar).
She fell like a maple seed, pirouetting on an autumn breeze.
La mujer del Cielo —Skywoman en el inglés de Kimmerer— no es una palabra de una lengua indígena, sino el nombre que una botánica potawatomi da, en su lengua de escritura, a la mujer del relato de origen que los pueblos de los Grandes Lagos comparten. Cae del mundo de arriba por un agujero del cielo, y no cae con las manos vacías: aprieta un atado de frutos y semillas arrancados del árbol celeste. Abajo, los gansos suben a amortiguar su caída, una tortuga ofrece su lomo, los animales se zambullen en busca del barro del fondo; sobre ese barro, ella siembra y danza, y la tierra reverdece.
Lo que el nombre deposita no es una divinidad, sino una forma de llegar. La primera antepasada no es reina del mundo: es jardinera y anfitriona. Recibe la tierra de los demás seres vivos —los animales que la salvaron— y salda su deuda haciéndola florecer. El humano, último ser creado, es aquí el benjamín, que aprende de los mayores; no hereda el mando, sino una deuda. Donde otra cosmología entrega la tierra al hombre para que la someta, la mujer del Cielo se la confía como un regalo que habrá que devolver.
Por eso Kimmerer la coloca junto a Eva, y marca la distancia antes que la semejanza. Dos mujeres, dos caídas, dos jardines abandonados —de sentidos opuestos—. Eva cae por castigo: la tierra se convierte en su pena, un lugar de tránsito cuyo verdadero hogar estaría en otra parte. La mujer del Cielo cae y la tierra se vuelve su obra y su casa. La palabra no exige cambiar una historia por otra; hace audible lo que una cosmología desliza, sin que lo notemos, en la relación con el suelo: un exilio provisional que se sobrelleva, o un don recibido que se cuida y se agradece. Como la tierra recordada de Momaday o el urihi yanomami, la mujer del Cielo no ve la tierra como un escenario neutro, sino como una relación de la que se responde.