Ahiṃsā
a-hiṃsā (pali identique)
La no-daño: abstenerse de herir y matar todo lo que vive. La palabra une el privativo *a-* con *hiṃsā*, «el hecho de dañar». En el *Dhammapada*, esta abstención no desciende de una ley recibida: surge del reconocimiento de que todo ser tiembla ante la violencia y aprecia su vida, como yo. Una contención activa basada en el miedo compartido, no una simple pasividad.
Tout le monde tremble devant la violence, tout le monde tremble devant la mort. Qu'on fasse ce qu'on voudrait que fît autrui ; qu'on ne tue point ; qu'on ne fasse point tuer.
El término ahiṃsā es una negación, como anattā o anicca: a-hiṃsā, la ausencia de hiṃsā, el daño infligido a un ser vivo. La raíz hiṃs- expresa el acto de perjudicar, herir o matar; el prefijo privativo lo suprime. El concepto recorre todo el mundo indio: es cardinal para los jainistas, aparece en las Upaniṣad y en la Bhagavad-Gītā entre las virtudes, y ocupa el centro del capítulo «La Violencia» del Dhammapada, que ofrece su fundamento más claro.
Ese fundamento no es un decreto. El versículo 129 no comienza con una prohibición, sino con una constatación que cada cual verifica en sí mismo: «todos tiemblan ante la violencia», «para todos la vida es preciada». De ese temblor compartido —y solo de él— se deduce la contención: attānaṃ upamaṃ katvā, «tomándose a sí mismo como medida». Ahiṃsā, pues, no es el miedo al castigo ni una blandura de carácter: es lo que surge al reconocer en el otro —incluso en el otro sin voz, pues el Dhammapada alaba a quien «no daña a ningún ser»— el mismo apego a perdurar que en uno mismo.
≠ del rechazo taoísta a las armas, que conduce a una contención cercana por un camino muy distinto: en Lao-Tsé, no es la identificación con el temor de la víctima lo que detiene la mano, sino el lugar que ocupa toda muerte en el orden del mundo —la matanza implica duelo, se rodea de ritos funerarios incluso en la victoria—. Ahiṃsā mide desde el miedo ajeno; el wu-wei aplicado a las armas, desde el equilibrio de las cosas. Reconocer no es lamentar: misma cumbre —no banalizar jamás el asesinato—, dos bases distintas.