Kogi · Kogi (Kágaba)

Moro

moros (pluriel)

Entre los Kággaba (Kogi) de la Sierra Nevada de Santa Marta, el *moro* es el niño o adolescente elegido por adivinación para continuar, más allá de la formación inicial de nueve años que recibe todo futuro Mama, dos períodos adicionales de nueve años en la oscuridad y el ayuno —hasta convertirse en uno de esos oráculos que, se dice, «han visto venir el fin del mundo». La palabra también designa, en un sentido más amplio, a todo alumno en formación para ser Mama. No es un título honorífico: es una privación vivida, de la que Mama Bernardo, formado desde la infancia, le habló a Alan Ereira sobre su dureza.

When you want to be a Mama you have to concentrate, you can't wander about thinking about girls, thinking about this and about that. You have to concentrate and really listen to what the Mamas say to you. And when you start to be a moro you can't just do whatever you want, everything is controlled. When the Mamas take you out to make an offering you have to fast, you go without eating, and when you come back they also don't give you anything to eat.
Mama Bernardo — peuple Kággaba (Kogi), parole rapportée par Alan Ereira, The Elder Brothers' Warning, pp. 126-127, chapitre sur la formation des Mamas et des moros. Tairona Heritage Trust, éd. numérique 2021 ; 1re éd. sous le titre The Heart of the World, Jonathan Cape, Londres, 1999

Moro es una palabra kággaba que el libro de Alan Ereira, documentalista británico de la BBC, recoge sin traducir — señal de que no existe equivalente en francés. El propio Ereira nunca conoció a un moro: «viven en lo alto de la Sierra y solo hablan con los Mamas». Lo que sabemos de ellos proviene de un informante y luego de un Mama que fue moro —Mama Bernardo—, cuyas palabras nos llegan tras dos mediaciones: la traducción oral in situ y luego el inglés de Ereira.

Convertirse en Mama ya requiere dos periodos de nueve años en la oscuridad —nueve, el número de la gestación, el número de los mundos—. El moro va más allá: otros dos periodos de nueve años, en un aislamiento tan estricto que el contacto con un «impuro» —cualquiera atrapado en el mundo físico grosero— anularía toda la preparación. Algunos no salen a la luz hasta después de treinta años. Mama Bernardo, que inició este camino de niño y no desde la cuna, conservó su dureza: «hay que concentrarse, no puedes perder el tiempo pensando en mujeres»; cuando los Mamas te llevan a hacer una ofrenda, «ayunas, no comes, y al volver tampoco te dan nada» —salvo, quizá, en mitad de la noche.

El moro no es un simple discípulo: es un cuerpo y una mente que se preparan, mediante el hambre y el silencio, para portar un conocimiento que la comunidad no confía a nadie más. El hambre aquí no es un accidente de la ascesis, sino su instrumento —se aprende a desear menos para escuchar mejor—. Lo que el moro aprende a cargar es lo que la ficha aluna denomina el pensamiento-madre: y una vez Mama, será él quien vele por que la deuda del pagamento se pague según la Ley de origen. ≠ al novicio monástico cristiano, cuyo voto compromete una voluntad ya formada: el moro, a menudo elegido de niño por adivinación, no ha elegido —es la comunidad la que vio en él, antes de que él mismo se viera, a quien algún día deberá avistar el fin del mundo.

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