Kama
kāma
El deseo, el apetito, la codicia. Cuando Arjuna pregunta qué impulsa al hombre al mal *«como por una fuerza ajena»*, Krishna responde: es el *kāma*. En la *Bhagavad-Gītā*, el deseo no es una carencia neutra por colmar, sino un poder devorador, enemigo del conocimiento, que nubla el juicio y encadena el alma a sus objetos.
C’est l’amour, c’est la passion, née des Ténèbres ; elle est dévorante, pleine de péché ; sache qu’elle est une ennemie ici-bas.
Burnouf traduce kāma como «el amor» y «la pasión», dos términos que, en el francés del siglo XIX, abarcaban el apetito sensible y la codicia. El contexto no deja lugar a dudas: Arjuna acaba de preguntar por qué fuerza el hombre es «arrastrado al pecado, sin quererlo». Así, el deseo se presenta desde el principio como un poder que actúa a pesar de nosotros, y no como una elección.
Los versos siguientes lo retratan. El deseo «nubla el conocimiento», «cambia de forma a su antojo», tiene por dominio «los sentidos, la mente, la razón». Krishna lo compara con el humo que cubre la llama, con el óxido en el espejo. De ahí el remedio, que no es la deliberación, sino el dominio: «refrena tus sentidos desde el inicio, y destruye a esta pecadora que arrebata el saber».
A distinguir del karma, el acto: kāma es lo que mancha el acto al mezclarse con la expectativa de un fruto. El deseo negado en el nishkama-karma es precisamente ese kāma, no todo impulso del alma, sino la codicia del resultado. También se diferencia del deseo tal como lo entienden las vías de purificación gradual: la Gītā no propone refinar el deseo, sino cortarlo de raíz, pues lo considera el enemigo mismo de la liberación.