Chinese · Transversal

Ganying 感應

感應 (gǎnyìng)

La resonancia: estímulo (*gan*) y respuesta (*ying*) entre las cosas de una misma categoría (*lei*), que se afectan a distancia sin contacto ni cadena causal. En la cosmología Han de Dong Zhongshu, el Cielo y el hombre se corresponden así, porque ambos poseen el yin y el yang y pertenecen al mismo orden. La *ganying* no es una causalidad mecánica que actúa paso a paso ≠ una coincidencia fortuita: es un acuerdo por parentesco de naturaleza, como dos cuerdas afinadas que vibran al unísono.

All things avoid what is different from them and follow what is similar to them. Therefore similar forces come together and matching tones respond to each other. This is clear from evidence. Suppose the seven-stringed and the twenty-five stringed lutes are tuned and played. When the note F in the one is struck, the note F on the other will respond to it… There is nothing supernatural in this. It is their natural course that they do so.
Tung Chung-shu, Luxuriant Gems of the Spring and Autumn Annals, in A Source Book in Chinese Philosophy, Ch'un-ch'iu fan-lu, ch. 57. Princeton University Press, 1963 · trans. Wing-tsit Chan

« Fuerzas afines se atraen y tonos iguales resuenan entre sí… Cuando en uno se pulsa la nota fa, en el otro la nota fa responderá.» — Dong Zhongshu (Tung Chung-shu, siglo II a. C.) describe aquí el ganying mediante la imagen que perdurará como su núcleo: dos laúdes afinados, colocados uno junto al otro; se puntea una cuerda en uno, y la cuerda de la misma nota vibra sola en el otro. Nada sobrenatural, aclara —es su curso natural—. La traducción al inglés es de Wing-tsit Chan, quien vierte este texto primigenio de las Luminosas gemas de los Anales de Primaveras y Otoños.

La palabra ganying (感應) entrelaza el gan, el estremecimiento recibido, y el ying, la respuesta devuelta. Lo que fluye entre ambos laúdes no es un impacto transmitido de uno a otro, sino una concordancia: las cosas «de la misma categoría» (lei) se llaman a través de la distancia. El agua vertida huye de lo seco y corre hacia lo húmedo; lo bello atrae a lo bello, lo feo a lo feo; el caballo que relincha hace responder a los caballos. Bajo todos estos ejemplos subyace una misma ley: las fuerzas semejantes se encuentran, impulsadas por el yin y el yang.

Sobre este fundamento, la cosmología Han asienta la unidad del Cielo y el hombre. El Cielo posee yin y yang, el hombre también; son, pues, de la misma categoría y se responden. Cuando el cielo se oscurece antes de la lluvia, el malestar del cuerpo despierta primero, pues el yin asciende en respuesta al yin. El hombre no es espectador de un cosmos ajeno: es una cuerda de él, afinada en el mismo registro que los diez mil seres.

El ganying, entonces, no es la causalidad mecánica que empuja los cuerpos uno tras otro: ninguna cuerda toca a la otra, y sin embargo vibra. Tampoco es la coincidencia, que carecería de ley o razón: la resonancia sigue el parentesco de naturaleza, el qi común a las cosas de una misma categoría. Entre el azar y el choque, nombra un tercer vínculo —el acuerdo—.

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