La tierra que pinta su propio relato

David Mowaljarlai y el archivo vivo del Wunggud

La tierra que pinta su propio relato
Robyn Jay from Brisbane, Australia — Tierra aborigen. Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0.
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a tierra de Alwayu no es un escenario. Es una página donde, desde siempre, se escribe la historia de la luz y la oscuridad. Según David Mowaljarlai, ese lugar donde las aguas del Drysdale se despliegan como espejos entre pandanos y eucaliptos no pertenece a los mapas, sino a un tiempo en el que las fuerzas del Dreaming aún se manifiestan. Las terrazas de la cascada, los reflejos temblorosos de los estanques, todo ello forma un libro abierto: la pintura sagrada de la viuda Pitón, grabada en una roca inaccesible, narra cómo el día y la noche aprendieron a coexistir. La noche, dice, no era una ausencia, sino una presencia activa, una conciencia que luchó por dejar paso al amanecer. Y esa lucha no es un mito antiguo: es una lección que la tierra repite, cada mañana, para quienes saben escuchar.

El archivo que respira

David Mowaljarlai observa que los motivos sagrados no son reliquias, sino maestros. La pintura de la viuda Pitón, por ejemplo, no es un simple relato: es una demostración de cómo las fuerzas opuestas —luz y oscuridad— terminan por unirse. El día no ahuyenta a la noche; emerge de ella, como una respuesta a su llamado. Esta dinámica no es una metáfora, sino una realidad física y espiritual que el paisaje encarna. Los Wandjina, esos seres ancestrales, depositaron estos relatos en la tierra para que los humanos se convirtieran en sus guardianes. Su papel no es conservar historias, sino hacerlas vivir, perpetuando los gestos, los cantos y los vínculos que mantienen el equilibrio.

Para Mowaljarlai, esta responsabilidad no es una carga, sino un legado. Los ngarinyin de hoy son descendientes directos de esos ancestros, y su tarea es velar para que la Idea de los Wandjina —ese principio ordenador del mundo— siga desplegándose. Esto significa que la creación no es un evento pasado, sino un proceso en curso. El término Yorro Yorro, que emplea, designa esa vitalidad permanente: todo lo que existe está en pie, renovándose. La tierra no es un museo, sino un aula donde cada piedra, cada curso de agua, cada sombra porta una enseñanza.

Dos leyes en espejo

El encuentro entre las tradiciones ngarinyin y las leyes coloniales es descrito por Mowaljarlai como un enfrentamiento entre dos Wunggud: dos espacios de poder, dos formas de entender el universo. Usa una imagen contundente para ilustrar esta tensión: un cenicero que representa a Inglaterra, colocado junto a otro que simboliza Australia. Cada uno porta sus propias reglas, sus propias leyes, y cada uno refleja su orden en el cielo. Pero, según él, estos dos sistemas no pueden coexistir sin diálogo. Los descendientes de los colonos, nacidos en esta tierra, ignoran a menudo las reglas espirituales que la gobiernan. Han heredado las leyes británicas, pero no la conciencia que los une a este territorio.

Mowaljarlai no rechaza esas leyes ajenas. Propone, más bien, una forma de complementariedad: para comprender plenamente Australia, hay que aceptar situarse bajo el Wunggud de este país, esa fuerza más vasta que abarca y trasciende las fronteras humanas. No se trata de un rechazo, sino de integración. Los ngarinyin, dice, tuvieron que aprender las reglas de los colonos; a su vez, estos deben escuchar las enseñanzas de la tierra. Esta escucha no es simple curiosidad intelectual, sino una necesidad vital. Compromete no solo el espíritu, sino también lo que él llama los powers: esas capacidades profundas, esas fuerzas interiores que permiten percibir el mundo más allá de las apariencias.

El don de la enseñanza

El final de su discurso es un llamado. Mowaljarlai habla de un gift, un don que los ngarinyin ofrecen a Australia en su conjunto. Ese don no es un objeto, sino una forma de ver, una invitación a reconocer que la tierra es una conciencia activa. Los ancianos, como Paddy Neowarra o Laurie Gowanulli, transmitieron estos saberes, y hoy les toca compartirlos. Pero ese compartir solo es posible si los demás aceptan situarse bajo el Wunggud del país, si reconocen que sus propias leyes no bastan.

Esta escuela del monte, como la llama, no es una alternativa a las instituciones, sino una dimensión esencial de la vida. No se limita a la teoría, sino que se arraiga en la experiencia directa del paisaje. Escuchar a la tierra es aprender a ver el mundo como una red de relaciones vivas, donde cada elemento —la viuda Pitón, la cascada, el reflejo de los árboles— es un maestro. Y esa lección, dice, sigue vigente. No pertenece al pasado, sino a un presente que se renueva sin cesar.

inglés

“You’ve got to come also under our Wunggud, the stronger space in the universe, the stronger Wunggud to go with your English Wunggud belonging?” It’s like this ashtray here, this is England and this is Australia.

español

También deben situarse bajo nuestro Wunggud, ese espacio más poderoso del universo, ese Wunggud más fuerte para acompañar a su Wunggud inglés. Miren, como este cenicero aquí: esto es Inglaterra y esto es Australia.

David Mowaljarlai, Yorro Yorro  — ed. según la traducción francesa de la edición de Magabala Books, revisada y ampliada, 2014 (con Jutta Malnic), trad. viasophia

Fuentes citadas

  • David Mowaljarlai, Yorro Yorro, ed. Magabala Books, éd. revue et augmentée, 2014 (avec Jutta Malnic), trad. texte original anglais ; rendu français maison.