Greek · Mística cristiana

Metanoia

μετάνοια (metanoia)

Palabra griega compuesta de *meta* (más allá, cambio) y *nous* (el espíritu, la inteligencia): el vuelco del pensamiento, el cambio de mirada del que procede la conversión. El Nuevo Testamento la convierte en la primera palabra de la predicación («convertíos»), y los Padres del desierto la desplazan del *foro* exterior al *foro* interior —no un acto que se realiza una vez, sino una reorientación continua del alma. El francés la tradujo durante mucho tiempo como *pénitence* o *conversion*, con el riesgo de reducir su sentido a un simple arrepentimiento.

Il recommanda aux solitaires de ne pas se contenter de renoncer de bouche ou extérieurement au démon, nommé le prince du siècle, mais de le faire aussi intérieurement et réellement en corrigeant leurs vices.
Saint Jean de Lycopolis, Vies choisies des Pères des déserts d'Orient, Vie de saint Jean de Lycopolis (discours à Rufin). Ad Mame et Cie, 1861 (compilation M.-A. Marin) · trans. Arnauld d'Andilly · source

El griego metanoia no habla de remordimiento, sino de desplazamiento: meta-noein, pensar de otro modo, cambiar de espíritu. Con esta palabra comienza la predicación evangélica —un imperativo, no una emoción—. Los monjes de Egipto la recibieron como un trabajo nunca cerrado. San Juan de Licópolis, al acoger a Rufino y sus compañeros venidos de Jerusalén para escucharlo, reduce toda su doctrina a una distinción: renunciar «de palabra o exteriormente» no basta; hay que hacerlo «interior y realmente, corrigiendo los vicios». El giro solo se logra si alcanza el lugar desde donde se juzga y desde donde se quiere.

De ahí el lugar del penthos, el duelo de sí: no es el fin, sino el motor, el dolor que despega el alma de aquello a lo que se adhería. Y de ahí la vigilancia de la nepsis, que custodia el umbral para que el giro no se deshaga al primer retorno de los pensamientos antiguos. La metanoia nunca es un punto en el tiempo; es un régimen —la edad entera de la vida vuelta hacia un lado y no hacia el otro—.

La metanoia, pues, no es el remordimiento. El remordimiento se vuelve hacia el pasado y se hunde en él; la metanoia da la espalda al pasado para encarar lo que llama. Uno es un afecto que se padece y puede muy bien no cambiar nada —se puede rumiar un acto sin modificar jamás el espíritu—. La otra es una decisión de la inteligencia, seguida de efecto. El pecador de las Vidas que se convierte no solo llora sus faltas: «se levanta», y su ejemplo «sirve de modelo» a los demás. Llorar lo que se fue es el penthos; dejar de serlo, es la metanoia.

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