Acédie
ἀκηδία (akèdia)
Letargo y hastío espiritual que asalta al monje a mitad del día, que la tradición monástica denomina «el demonio del mediodía» según el salmo 90/91. Evagrio Póntico lo incluye entre los ocho pensamientos malignos y lo describe como el más pesado: ni la sensualidad ni la vanagloria, sino un hartazgo de la hora presente y del lugar en que uno se encuentra. La palabra griega *akèdia* significa literalmente «ausencia de cuidado», la incapacidad de preocuparse por lo que debería importar. Su señal más clara no es el reposo, sino la inestabilidad: el hastío de la celda empuja a salir de ella.
J'étais, dit-il, assis un jour dans ma cellule, et je sentais un si grand découragement dans mon cœur, que je pensais presque à la quitter.
El término griego akèdia se compone del privativo a- y de kḗdos, el cuidado, la atención que se pone en algo o en alguien. La acedía es, pues, ante todo un defecto de cuidado: no el sufrimiento de tener demasiado que hacer, sino la imposibilidad de aferrarse a lo que se hace. Evagrio Póntico, quien ofreció su primera descripción precisa en el siglo IV, la sitúa a mitad del día, en la hora en que el sol parece inmóvil —de ahí el nombre que ha conservado, «el demonio del mediodía», tomado del salmo 90/91—. El monje relee la misma línea diez veces, mira por la ventana a ver si llega alguien, calcula cuántas horas lo separan de la comida.
Lo que la hace temible es que no se parece a un vicio. Adopta los rasgos del sentido común: la celda es demasiado dura, la regla demasiado rígida, uno sería más útil en otro lugar, junto a los hermanos, en el mundo. Los Padres del desierto vieron tras estos razonamientos un mismo movimiento único: una huida. Juan Clímaco lo dice en primera persona, sentado en su celda, vencido por un desaliento tal que piensa «casi en abandonarla». La acedía no ataca la fe de frente; ataca el lugar, la hora, la duración, todo lo que exige permanecer.
Por eso el remedio transmitido por la tradición no es el descanso, sino la estabilidad: permanecer, precisamente cuando todo empuja a marcharse. El monje no discute con el pensamiento, se niega a moverse. La torpeza de la acedía es así el doble exacto de una agitación: el alma quiere a la vez no hacer nada y cambiarlo todo. Es en este terreno debilitado donde luego se injerta la vanagloria, proponiendo la salida como un ascenso.
De ahí una distinción que hay que mantener firme. La acedía ≠ pereza: la pereza busca el reposo y lo alcanza; la acedía no soporta ni el reposo ni el esfuerzo y busca por todas partes una salida. Y tampoco es la depresión clínica, que es una enfermedad del ánimo sin objeto espiritual ni remedio ascético. La acedía, tal como la describen los monjes, es una tentación: un hastío que apunta a un lugar concreto —la celda— y que se vence sin salir de ella.