Maori · Māori

Kaitiakitanga

kaitiaki (gardien) + -tanga (suffixe d'abstraction)

Palabra maorí: la carga de custodia que vincula a un ser con lo que protege —el territorio, el curso de agua, el bosque, el pueblo—. Según Anne Salmond, antropóloga de Nueva Zelanda, el *kaitiaki*, el guardián, asume obligaciones muy particulares de cuidar a quienes protege, obligaciones basadas en el ejercicio del *mana*, el poder ancestral. La custodia no es, pues, un mandato administrativo, sino una relación de parentesco y autoridad heredada: se guarda aquello por lo que se responde ante los ancestros. En la concepción antigua, son seres no humanos —*taniwha*, tiburones, rayas— quienes ejercen el *kaitiakitanga* sobre porciones del océano; el hombre es custodiado antes que custodio. El *kaitiakitanga* no es la «gestión» de un recurso ni la «tutela» utilitaria de un capital natural: es una responsabilidad de cuidado arraigada en el vínculo, donde se debe cuentas a lo que se protege.

In Māori, a kaitiaki, or guardian, has very particular obligations to take care of those they protect, based on the exercise of mana or ancestral power.
Anne Salmond, Tears of Rangi: Experiments Across Worlds, Chapter Eight (« Our Words Will Sink Like a Stone »), sur Te Tiriti et l'obligation de garde (tiaki). Auckland University Press, 2017

Anne Salmond, antropóloga de Nueva Zelanda, ofrece una definición precisa del kaitiaki: «En māori, un kaitiaki, o guardián, tiene obligaciones muy específicas de cuidar a quienes protege, basadas en el ejercicio del mana o poder ancestral» —en māori, un kaitiaki, un guardián, tiene deberes muy particulares de velar por quienes resguarda, fundamentados en el ejercicio del mana, la fuerza ancestral. La custodia no es un cargo que se delega; emana de la posición que se ocupa en el linaje.

La palabra deriva de kaitiaki con el sufijo que la convierte en un principio: el hecho de que alguien esté obligado a guardar. Lo que se custodia —un río, un bosque, una costa— no es una propiedad, sino un pariente. Se responde por ello ante los ancestros tanto como ante los vivos, y el mana del guardián se mide por la calidad de su cuidado.

La concepción antigua invierte el orden que creemos natural. Salmond recuerda que el kaitiakitanga fue «en otro tiempo ejercido por taniwha no humanos, como ciertos tiburones y rayas sobre tramos ancestrales del océano»: primero fueron seres distintos al humano quienes velaban por porciones del mar. El hombre era custodiado antes que custodio; la versión reciente, antropocéntrica, que lo convierte en tutor de los ríos, invierte esta relación. Ahí se teje el vínculo con el hau, el aliento que circula entre la tierra, las aguas y las personas.

El kaitiakitanga no es, pues, la «gestión» de un recurso, ni la stewardship utilitaria que administra un capital natural para optimizar su rendimiento. Es un deber de parentesco: se custodia porque se pertenece, y se rinde cuentas a lo que se protege, no al revés.

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