Ni pasado ni futuro

Agustín no encuentra ser sino en el presente — un punto sin espesor donde el tiempo roza la eternidad; Zhuangzi no llora la muerte, simple vuelta de las estaciones. Dos maneras de aflojar el agarre de lo que ya no es y de lo que aún no es.

Ni pasado ni futuro
Gong Xian — Paisajes con poemas (1688). The Metropolitan Museum of Art, CC0.

Lettrine L ornamentada con lirios, grabadoEl tiempo lo manejamos en cada frase —ayer, hace un rato, mañana— con la soltura de quien sabe de qué habla. Pero detengámonos en la palabra, preguntemos qué es esa cosa tan familiar, y la seguridad se desvanece. Se sostenía en que no la mirábamos.

Agustín, en el libro undécimo de las Confesiones, se detiene y la mira. La confesión llega al instante.

¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero responder a quien me lo pregunta, lo ignoro.

Agustín de Hipona, Les Confessions, Livre XI , cap. XIV, § 17  — ed. según la traducción francesa de M. Moreau, L. Guérin & Cie, 1864 (Wikisource)

El saber cotidiano se esfuma en cuanto se le exige que se explique. Porque, al escudriñarlo, el tiempo se escapa por todos lados. El pasado «ya no es»; el futuro «aún no es»; solo queda el presente —pero si permaneciera, si no se deslizara sin cesar hacia el pasado, «ya no sería tiempo; sería la eternidad». El presente solo tiene ser a condición de dejar de ser: una cosa que no es sino en el acto de dejar de ser. El tiempo, escribe Agustín, es eso mismo que «tiende a no ser».

Si el pasado ya no es y el futuro aún no es, ¿dónde están, entonces, cuando los nombramos? Agustín no les encuentra más que un lugar.

Hay tres tiempos: el presente del pasado, el presente del presente y el presente del futuro. Pues este triple modo de presencia existe en el espíritu; no lo veo en otra parte. El presente del pasado es la memoria; el presente del presente, la atención actual; el presente del futuro, su espera.

Agustín de Hipona, Les Confessions, Livre XI , cap. XX, § 26  — ed. según la traducción francesa de M. Moreau, L. Guérin & Cie, 1864 (Wikisource)

¿Dónde existe el tiempo, según Agustín?

Fuera del espíritu, ni el pasado ni el futuro tienen ser: uno ya no es, el otro aún no es. Agustín solo reconoce un presente, sin extensión. Los tres tiempos no existen sino en el alma: la memoria retiene el pasado, la atención sostiene el presente, la espera aguarda el futuro. El tiempo no es una cosa externa, sino una tensión del espíritu.

Medir el tiempo, por tanto, no es medir una cosa: es sentir cómo el alma se estira entre lo que retiene y lo que acecha. Agustín nombra este desgarramiento con una palabra que también evoca una herida —su vida, confiesa, «no es más que una dispersión», un ser esparcido «al capricho de mis días pasados».

A esta dispersión solo opone un término: recogerse «en la inmutabilidad siempre presente», reunirse en la unidad, «sin recuerdo de lo que ya no es, sin ansiosa aspiración hacia lo que ha de venir y pasar». El remedio al tiempo no es un tiempo mejor; es el presente que no pasa, la eternidad donde nada se escapa. Agustín atraviesa el instante para desembocar por encima de él.

Otra voz, nacida en las antípodas, se detiene en el mismo punto —el alma atrapada entre lo que ya no es y lo que aún no es— y extrae de ello una salida muy distinta. Zhuangzi acaba de perder a su esposa. Un amigo lo encuentra sentado, cantando y marcando el compás sobre un cuenco. Ante el reproche, responde.

Las fases de muerte y vida se encadenan, como los períodos de las cuatro estaciones.

Zhuangzi, Œuvre de Tchoang-tzeu , cap. XVIII  — ed. según la traducción francesa de Léon Wieger, Les Pères du système taoïste, 1913 (Wikisource)

No finge indiferencia: «por un momento me afectó», dice, antes de comprender «que no había motivo». Lo que disuelve el dolor no es la dureza, sino un saber —ver que nacer y morir se encadenan como el invierno a la primavera, que un ser pasa de una forma a otra en una transformación sin término. «Y como sé algo de esto, no la lloro». Ningún presente eterno que alcanzar: el ciclo de las estaciones, al que uno se entrega en lugar de crisparse.

No confundamos las dos posturas. Para Agustín, el tiempo es una carencia, el signo de un alma caída de la unidad; su inclinación lo lleva hacia lo alto —salir del flujo, recogerse en un presente eterno que no conoce ni antes ni después. Para Zhuangzi, no hay caída ni más allá de la corriente: la transformación es la trama misma de lo real, y la soltura consiste en entregarse a ella, no en arrancarse de su cauce. Uno asciende fuera del tiempo; el otro fluye con él. Presentar estos dos gestos como uno solo sería traicionarlos a ambos.

Y sin embargo, se encuentran en un punto, precisamente aquel donde el tiempo dolía. Lo que pesa, tanto en uno como en otro, es el agarre a lo que ya no es y el impulso inquieto hacia lo que aún no es —la memoria que retiene, la espera que tira. Aflojar ese agarre, ¿y qué queda? Solo el presente, ese punto sin espesor. Agustín ve en él la puerta estrecha por donde asoma lo eterno; Zhuangzi, el umbral donde cada estación es plenamente lo que es. La misma arista, franqueada en sentido inverso: uno se recoge hacia lo alto, el otro se abandona al curso. Para ambos, el instante deja de huir en cuanto dejamos de perseguir lo que lo bordea.

El pasado ya no es, el futuro aún no es. Nunca fue de otro modo; y es ahí, sobre ese hilo que parecía no poder sostener nada, donde ambos se mantienen en pie.

Fuentes citadas