Lo que está tejido en conjunto
Edgar Morin propone religar lo que el conocimiento ha separado; Marco Aurelio invita a contemplar un entrelazamiento ya sagrado. Recoser, o recordar — dos gestos hacia el mismo tejido.
Un reloj desmontado se deja volver a armar: engranaje por engranaje, nada se ha perdido en el desarme. Un pájaro disecado no se recose — lo que hacía al pájaro no residía en ninguna de sus piezas. Entre estos dos desmontajes pasa una frontera que el conocimiento cruza a menudo sin verla: hay lo que se comprende en piezas sueltas, y lo que muere al ser separado. Para lo segundo, al pensamiento le faltaba una palabra. Edgar Morin puso una en circulación, tomada de la sociología: la reliance.
La reforma del conocimiento exige una reforma del pensamiento. La reforma del pensamiento exige un pensamiento de la reliance capaz de vincular los saberes entre sí, de conectar las partes con el todo, el todo con las partes, y de concebir la relación entre lo global y lo local, entre lo local y lo global.
¿Qué entiende Edgar Morin por reliance?
La palabra enuncia su gesto: re-ligar. No se trata de acumular más conocimientos, sino de reunir lo que el propio modo de conocer ha separado —la disciplina aislada de sus vecinas, el hecho desvinculado de su contexto, la parte separada del todo que le da sentido—. Morin denomina disyunción a ese pliegue del conocimiento que aísla para dominar mejor: cada fragmento gana en precisión lo que el conjunto pierde en vida. La reliance no es un estado de ánimo ni la nostalgia de una totalidad perdida; es un trabajo, en el sentido en que se habla del trabajo de la aguja. Y tiene un reverso que rechaza con igual nitidez: la fusión. Solo se religa lo que sigue siendo dos —confundir no es religar, es perder ambos hilos en uno solo.
Detrás de este trabajo late la palabra clave de toda su obra. «La sociedad es un complexus en el sentido de la palabra latina complexus, que significa ‘lo que está tejido en conjunto’», escribe en el mismo libro. La realidad a la que apunta la reliance no es, pues, un inventario por acumular: es una tela. Quien la piensa hebra por hebra no ha visto aún nada de la tela.
Dieciocho siglos antes, un hombre escribe en griego, para sí mismo, de noche, en un campamento junto al Danubio. Él no tiene un tejido que recoser: lo encuentra ya cosido.
Todas las cosas están entrelazadas entre sí; su encadenamiento mutuo es sagrado; y, por así decirlo, nada está aislado de toda relación con algún otro objeto. Las cosas están todas coordinadas; y contribuyen al buen orden del mismo mundo.
Bajo su pluma, el entrelazamiento no es un programa: es un hecho, y un hecho sagrado. El mundo es uno; nada flota en él sin atadura. Así, el ejercicio que se propone no consiste en reparar ese tejido, sino en no perderlo de vista: «Aplícate a reflexionar a menudo sobre el estrecho encadenamiento de todas las cosas de este mundo y sobre su correlación» (VI.38). Llega incluso a usar una palabra inesperada: las cosas «tienen entre sí una especie de intimidad». La meditación estoica es aquí un recordatorio —una mirada que se regenera cada día, del mismo modo que practica el retiro interior: no para huir del mundo, sino para volver a verlo entero.
Los dos gestos no se confunden. En Marco Aurelio, el vínculo es primero y está garantizado: la continuación del mismo pasaje prosigue —Dios es uno, la sustancia es una, la ley es una—. Nada puede deshacer esa trama; solo nuestra atención puede fallarle. La separación no es nunca una herida del mundo, sino una distracción de la mirada. De ahí un gesto de memoria: recordar, contemplar, consentir. En Morin, ninguna providencia sostiene la tela. La disyunción no es una ilusión óptica: es un estado real del saber, producido por nuestro modo de conocer —y puesto que fue el pensamiento el que deshizo el tejido, le corresponde al pensamiento rehacerlo—. De ahí un gesto de taller: reformar, recoser, sin garantía de que la obra resista, y sin que jamás esté terminada. Uno contempla un tejido que nada ha rasgado; el otro recose un desgarro que nuestra propia mano provocó.
Y sin embargo, en la cima, ambas miradas ven lo mismo —y esa cima es precisa—. Para el emperador como para el sociólogo, la cosa aislada no existe: «nada está, por así decirlo, aislado», escribe el primero; nada se comprende en piezas sueltas, responde el segundo. Lo que cada uno propone, por caminos que no se encuentran en el trayecto —el recordatorio de un orden dado, la reforma de un saber deshecho—, es una misma realización: una mirada para la cual el aislamiento no es un estado del mundo, sino un artefacto —de la desatención en uno, del método en el otro—. Las cumbres conservan su diferencia: la unidad de Marco Aurelio es cósmica y segura; la de Morin sigue siendo una tarea frágil entre nuestras manos. Pero quien mira desde una u otra ladera ve el mismo paisaje: ninguna isla, hilos por doquier.
Queda un ensayo al alcance de cualquiera, que no exige ni sistema ni doctrina: tomar algo que consideramos separado —un saber, un ser, un mal que creemos local— y buscar sus hilos. No preguntarse: ¿a qué debería estar ligado?, sino: ¿de qué entrelazamiento he dejado de seguir el rastro?
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Fuentes citadas
- Edgar Morin, La Voie. Pour l’avenir de l’humanité, ed. Fayard, 2011.
- Marc Aurèle, Pensées pour moi-même, ed. Germer-Baillière, 1876 (trad. Barthélemy-Saint-Hilaire), trad. Jules Barthélemy-Saint-Hilaire.