El que quería ser el patrón
En un relato del Sueño que recoge Tyson Yunkaporta, del clan apalech, las especies se reúnen para decidir cuál custodiará la creación. La que exige mandar es justamente la que hay que contener.
En la bóveda austral, entre las estrellas, hay una forma oscura que algunos pueblos del sur del continente leen como un emú —no un dibujo trazado por los astros, sino el vacío entre ellos, una bestia hecha de noche. Tyson Yunkaporta, del clan apalech, es un muchacho Brolga, la grulla, enemiga tradicional del emú; conoce, dice, todas las historias que se le vinculan. La que más le gusta, la escuchó de un anciano nyoongar, Noel Nannup, en Perth. Al principio, cuenta, hubo que decidir a quién correspondería la custodia del mundo.
relata la historia del Sueño en la que tuvo lugar un encuentro durante el cual todas las especies se reunieron para deliberar y decidir cuál sería la especie custodia de toda la creación.
Una asamblea, pues, y no una coronación. La creación no se confía a la más veloz ni a la más fuerte; se debate, y el debate versa sobre un cargo, no sobre un trono. Pero una de las bestias se comporta como si lo fuera. El Emú corre de un lado a otro para demostrar su velocidad, se proclama superior, «exigiendo ser el patrón y gritándole a todos». Precisamente eso lo descalifica. Las demás deben hacerlo volver al suelo: «El Canguro (su cabeza en la Cruz del Sur) lo mantiene abajo, el Equidna lo atrapa por detrás y la gran Serpiente se enrosca en sus patas». Toda la escena aún se lee allí arriba, fijada en el cielo. Y Yunkaporta extrae de ella la lección sin recargarla: «Contener los excesos de este narcisista malintencionado es un esfuerzo de equipo».
Ahí está el vuelco. Quien quiere mandar no es el modelo de la especie custodia; es su peligro. La custodia del mundo no recae en quien domina, sino que se ejerce contra la pretensión de dominar —incluida la nuestra—. Ser la especie custodia no es sentarse en la cima de lo vivo, sino «mantener la creación en movimiento», lograr que los sistemas de la naturaleza y la sociedad sigan funcionando bien. Una función, no un privilegio; un trabajo orientado hacia abajo y hacia los lados, nunca hacia arriba.
No se accede a ella por decreto. Se entra por una manera de habitar. Yunkaporta cita una frase de su lengua que considera intraducible —Aak Ngamparam yimanang wunan— y que, palabra por palabra, significaría «ser semejante al lugar donde se está». Es, escribe, «una buena forma de empezar, si quieren comenzar a discernir los patrones de la creación y sumarse así a nuestra especie custodia». Hacerse semejante al lugar: no dominarlo para gestionarlo, sino sintonizarse con él hasta que él los transforme —el acento, las palabras, la manera de hablar de los sitios con los que se entra en relación—.
Nuestra tradición resolvió lo contrario, y hay que decirlo antes de cualquier acercamiento. El primer libro de la Biblia encomienda al ser humano una tierra para someter y unos seres vivos para dominar: lo sitúa en la cima, administrador de un dominio puesto en sus manos. Incluso nuestras versiones suavizadas —la gestión, la administración, el «desarrollo sostenible»— conservan la posición: el gestor se coloca fuera del sistema que administra, en una posición de superioridad, responsable pero soberano. La especie custodia de Yunkaporta no tiene ese afuera. Está dentro de la creación, en medio de los demás, y a su vez contenida por ellos —el emú somos nosotros cuando nos proclamamos patrones, y entonces el canguro, el equidna, la serpiente deben devolvernos al suelo—. Allí donde nosotros consideramos al ser humano el amo responsable de lo vivo, el Sueño lo tiene por el miembro al que más hay que impedir que se crea amo.
El punto de contacto es estrecho, y vale la pena señalarlo sin forzarlo: ambos relatos conceden al ser humano una carga singular, una responsabilidad que las demás bestias no tienen. Pero uno lo convierte en un soberano que responde por sus súbditos; el otro, en la especie más expuesta al exceso, a la que hay que refrenar para que el mundo se sostenga. Dos cargas, dos direcciones; no se confunden.
Queda entonces la pregunta que el emú, allá arriba, mantiene abierta. Si nuestro rol no fuera reinar sobre lo vivo, sino custodiarlo en movimiento, ¿cuál de nuestros excesos tendrían que ayudarnos a contener, en este mismo instante, las demás especies?
Fuentes citadas
- Tyson Yunkaporta, Sand Talk, ed. Éditions Véga (Guy Trédaniel), 2021 — éd. originale Text Publishing, 2019, trad. Anne Delmas.