La soberanía como relación con el mundo: tres regímenes de poder
Dominación técnica, equilibrio cósmico, ilusión política
La soberanía no es una. Se fragmenta en regímenes de poder que no se dejan reducir unos a otros. Antes de considerar su posible articulación, hay que distinguirlos primero en su singularidad. Tres voces emergen aquí, cada una proponiendo una modalidad distinta de relación con el mundo: el dominio técnico en Spinoza, donde la soberanía se mide por la potencia humana; el equilibrio cósmico en Kopenawa, donde se inscribe en un orden no humano; por último, la ilusión política en Mbembe, donde se disuelve en los flujos transnacionales. Estas tres propuestas no dialogan aún. Se afirman, ante todo, como incommensurables.
La soberanía como potencia: Spinoza y el afecto del mundo
Spinoza no habla de soberanía como tal. Habla de afección, de potencia, de lo que prevalece o no sobre las acciones humanas. La soberanía, en él, no es un concepto político, sino una cuestión de relaciones de fuerza. Se juega en la capacidad de una afección para dominar a las demás, para imponerse como el principio determinante de la acción.
Por eso la afección relacionada con la cosa considerada como ausente no es de tal naturaleza que prevalezca sobre las demás acciones y la potencia del hombre (véase al respecto la Prop.
La ausencia de la cosa no anula su poder. Lo desplaza, lo transforma, pero no lo suprime. La soberanía spinozista es, pues, una cuestión de presencia y ausencia, de lo que persiste a pesar de la lejanía. Se mide por la capacidad de una afección para determinar al hombre, para orientar su potencia. Si una afección prevalece sobre las demás, se vuelve soberana. Impone su ley.
Esta soberanía no es un atributo del Estado, sino una propiedad de los cuerpos y los espíritus. Es inmanente, siempre en juego, siempre disputada. No se decreta; se conquista en el enfrentamiento de las fuerzas. La potencia humana nunca es absoluta: siempre es relativa a lo que la determina, a lo que la excede. La soberanía, aquí, es un equilibrio precario, un dominio siempre amenazado por otras afecciones, otras potencias.
Spinoza no propone una teoría de la soberanía política. Propone una ontología de la potencia, donde la soberanía es asunto de relaciones de fuerza. No es un ideal por alcanzar, sino un estado de hecho, siempre provisional, siempre puesto en entredicho.
La soberanía como armonía: Kopenawa y el poder de Omama
En Davi Kopenawa, la soberanía no es cuestión de dominio, sino de equilibrio. No depende de la potencia humana, sino de un orden cósmico donde lo humano no es más que un actor entre otros. La soberanía, aquí, es asunto de relaciones, de correspondencias, de lo que mantiene la armonía del mundo.
Es con ella que Omama pone en fuga a los seres maléficos del bosque y a los seres de la epidemia.
Omama no es un soberano en sentido político. Es una fuerza, una potencia que actúa a través del mundo, que lo protege, que lo mantiene en equilibrio. La soberanía, en Kopenawa, no es dominación, sino protección. Es lo que permite al mundo persistir, resistir a las fuerzas de destrucción.
Los seres maléficos del bosque, los seres de la epidemia: son potencias que amenazan el orden cósmico. Omama no los domina por la fuerza bruta, sino por una potencia que los pone en fuga. La soberanía, aquí, no es cuestión de control, sino de resistencia, de preservación. Es lo que impide que el mundo caiga en el caos.
Esta soberanía no es humana. Es cósmica, compartida entre los seres, los espíritus, las fuerzas que pueblan el mundo. Lo humano no es su centro, sino un partícipe. Su potencia no es soberana; es relativa a la de los demás seres, a la de Omama. La soberanía, en Kopenawa, es asunto de relaciones, de lo que mantiene vivo al mundo.
No es un atributo, sino un proceso. No se posee; se vive, se comparte. No es dominación, sino armonía, siempre frágil, siempre amenazada.
La soberanía como ilusión: Mbembe y el derecho cosmopolita
Achille Mbembe no habla de soberanía como realidad, sino como ficción. Una ficción necesaria, quizá, pero ficción al fin. La soberanía, en él, es un concepto político que choca con la realidad de los flujos transnacionales, de las relaciones comerciales, de las fuerzas que atraviesan las fronteras.
La idea del mundo como superficie recorrida por relaciones comerciales que atraviesan las fronteras de los Estados y amenazan con volver obsoleta su soberanía es, en muchos aspectos, contemporánea del nacimiento del derecho internacional, del derecho civil y del derecho cosmopolita, cuya finalidad es garantizar la «paz perpetua».
La soberanía estatal es una ilusión, pues el mundo ya no es una yuxtaposición de territorios cerrados. Es una superficie recorrida por flujos, intercambios, relaciones que ignoran las fronteras. El derecho internacional, el derecho civil, el derecho cosmopolita: estas construcciones jurídicas nacieron para responder a esa realidad, para intentar regularla, domesticarla. Pero también revelan la obsolescencia de la soberanía estatal.
La paz perpetua, aquí, no es un ideal, sino un horizonte. Un horizonte que se escapa sin cesar, pues las relaciones comerciales, los flujos transnacionales, las fuerzas económicas no se dejan encerrar en marcos jurídicos. La soberanía, en Mbembe, es una ficción que resiste mal a la realidad de los intercambios, las circulaciones, las dependencias.
No es una potencia, sino una construcción frágil, siempre amenazada por lo que la excede. No es armonía, sino un intento de dominio, siempre incompleto, siempre impugnado. La soberanía, aquí, es una ilusión política, una ficción necesaria, pero ficción al fin.
Mbembe no propone rechazarla. Propone verla por lo que es: una construcción, una herramienta, una ficción que permite pensar el mundo, pero que no lo abarca por entero. La soberanía no es una realidad, sino un régimen de poder, una manera de pensar las relaciones entre los Estados, los individuos, los flujos.
Tres regímenes de poder, una tensión irreductible
Spinoza, Kopenawa, Mbembe: tres voces, tres propuestas. La soberanía como potencia, como armonía, como ilusión. Tres regímenes de poder que no se dejan reducir unos a otros.
En Spinoza, la soberanía es asunto de relaciones de fuerza, de lo que prevalece sobre las demás afecciones. Es inmanente, siempre en juego, siempre disputada. No es un atributo, sino un estado de hecho, un dominio siempre provisional.
En Kopenawa, la soberanía es asunto de equilibrio cósmico, de lo que mantiene vivo al mundo. No es humana, sino compartida entre los seres, los espíritus, las fuerzas que pueblan el mundo. No es dominación, sino armonía, siempre frágil.
En Mbembe, la soberanía es una ficción política, una construcción que intenta aprehender una realidad que la desborda. No es una potencia, sino una ilusión, un intento de dominio siempre incompleto.
Estas tres propuestas no dialogan aún. Se afirman, ante todo, como incommensurables. La potencia spinozista no se deja reducir a la armonía kopenawiana, ni a la ilusión mbembiana. El equilibrio cósmico no se deja aprehender por las categorías del dominio técnico, ni por las de la ficción política. La soberanía como ilusión no se confunde con la soberanía como potencia, ni con la soberanía como armonía.
Sin embargo, estas tres voces no carecen de puntos de contacto. Comparten una misma tensión: la de una relación con el mundo que no se deja encerrar en una sola definición. La soberanía, en Spinoza, Kopenawa y Mbembe, es siempre cuestión de relaciones, de lo que resiste, de lo que persiste, de lo que se escapa.
Spinoza propone una soberanía como potencia, pero una potencia siempre relativa, siempre impugnada. Kopenawa propone una soberanía como armonía, pero una armonía siempre frágil, siempre amenazada. Mbembe propone una soberanía como ilusión, pero una ilusión necesaria, siempre en juego.
Estas tres propuestas no se resuelven en una síntesis. Siguen siendo incommensurables, maneras distintas de pensar la relación con el mundo. Pero abren una tensión, una pregunta: ¿cómo pensar la soberanía sin reducirla a una de estas tres modalidades? ¿Cómo sostener a la vez la potencia, la armonía y la ilusión?
La respuesta, quizá, no esté en la convergencia, sino en la tensión misma. En el reconocimiento de estos tres regímenes de poder, de su irreductibilidad, de su incommensurabilidad. La soberanía no es una. Es múltiple, fragmentada, siempre en juego. Es potencia, armonía, ilusión. Y es en esta multiplicidad donde se despliega.
Fuentes citadas
- Baruch Spinoza, Éthique, ed. , trad. Charles Appuhn (1913).
- Davi Kopenawa, La Chute du ciel, ed. Plon, coll. Terre humaine, 2010, trad. Bruce Albert (propos yanomami recueillis et traduits).
- Achille Mbembe, Critique de la raison n gre, ed. .