La alegría no es el premio
Para Aurobindo, el ānanda es el deleite de ser, nunca perdido, solo velado — por descubrir. Para Spinoza, la beatitud no es la recompensa de la virtud, sino la virtud misma — por conquistar. Dos vías para dejar de posponer la alegría.
Suele colocarse la alegría al final. Al final del esfuerzo, al final del éxito, al final de una vida plena: llegaría después, como el salario de un trabajo, la coronación de un mérito. Se la espera, se la pospone, se aprende a prescindir de ella para ganársela —y el final se aleja a medida que uno avanza. Dos pensamientos que casi todo separa sostienen, cada uno por su extremo, el hilo inverso: la alegría no es lo que se alcanza al final, sino aquello en lo que ya se estaba.
Para Sri Aurobindo, aquello en lo que se está tiene un nombre: el ānanda, la beatitud. No un sentimiento que le llega al ser desde fuera, sino el tejido mismo del ser —el tercer término de Satchidānanda, Existencia, Conciencia, Beatitud, tres nombres de una sola realidad.
Este juego es el universo, y esta felicidad es la única causa, el único móvil y el único objeto de la existencia cósmica.
El deleite, pues, no es un producto del mundo, algo que la maquinaria fabricaría de más: es aquello para lo que hay un mundo. La dificultad es de inmediato frontal, y Aurobindo no la elude: si el fondo de la existencia es alegría, ¿de dónde vienen el dolor, el hastío, el rechinar de los días? Su respuesta no niega el sufrimiento; lo reubica. Placer, dolor e indiferencia son las respuestas desiguales de una conciencia encogida ante los embates de lo real —«espuma o olas de esa profundidad infinita». El mismo deleite, traducido por un instrumento demasiado estrecho.
¿Qué es el ānanda?
En el Vedānta, el ānanda es la beatitud entendida no como una emoción, sino como la naturaleza del ser. Su raíz sánscrita, nand-, significa «regocijarse»; el prefijo ā- le confiere plenitud. Es el deleite que la existencia siente al existir, suelo único del que placer y dolor no son más que traducciones superficiales, más o menos fieles.
De ahí una consecuencia que invierte por completo el sentido del camino espiritual. Esta alegría no se fabrica, pues ya está ahí, debajo, velada por la contracción del ego; tampoco se merece. Se revela. El apego a vivir, la obstinada voluntad de ser, son sus signos invertidos: nadie se aferraría a existir si existir no fuera, en el fondo, una alegría. Aurobindo gusta de citar la antigua fórmula de los sabios:
Del Ananda, dice la Upanishad, nacen todas las existencias, por el Ananda continúan siendo y crecen, al Ananda retornan.
Se viene de ella, se sostiene por ella, se regresa a ella: en ningún momento se sale realmente de ella. La alegría no está adelante, por ganar; está debajo, por reconocer.
Muy lejos de allí, sin Upanishads ni deleite cósmico, solo por el avance de la razón, Spinoza llega a un vuelco afín. Al final de la Ética, tras desmontar pieza por pieza la mecánica de las pasiones, rechaza la idea más arraigada: que la felicidad sería el pago de una conducta recta, el premio cobrado por haberse constreñido.
La Beatitud no es el premio de la virtud, sino la virtud misma; y este florecimiento no se obtiene mediante la reducción de nuestros apetitos sensuales, sino que, por el contrario, es este florecimiento el que hace posible la reducción de nuestros apetitos sensuales.
Todo el orden habitual se invierte en esta frase. Se creía: me privo, me corrijo, y al final seré feliz. Spinoza lee lo contrario: es porque la alegría de comprender ya está ahí —la beatitud, que no es otra cosa que el amor intelectual de Dios, la mente sabiéndose parte de la necesidad eterna— que se vuelve posible dominar los apetitos. La beatitud no corona el esfuerzo; es su tejido. El sabio no es templado para ser feliz; es templado porque lo es.
Sería perezoso concluir que «es lo mismo». No lo es. La beatitud de Spinoza se adquiere: es el fruto raro del tercer género de conocimiento, y el libro termina con el reconocimiento de su dificultad —«todo lo bello es tan difícil como raro». Es una cima, al final de una ascensión por el pensamiento. El ānanda de Aurobindo, en cambio, no se adquiere, porque nunca se ha estado separado de él: no es una cima por escalar, sino un suelo por descubrir bajo los pies. Uno conquista lo que debe merecer comprender; el otro revela lo que nunca ha faltado. Métodos opuestos: la razón geométrica por un lado, la inmersión más acá del ego por el otro.
Y sin embargo, ambos rompen la misma ilusión, por sus dos extremos. Los dos rechazan la aritmética del salario —alegría después del mérito, felicidad después de la privación—. Para uno, la alegría es el fondo del que se viene; para el otro, el acto mismo de comprender; nunca es la recompensa suspendida al término. La alegría deja de ser una deuda que la vida nos debiera y que tarda en pagar. Vuelve a ser lo que era bajo la cuenta: no el precio de vivir, sino el hecho de vivir plenamente.
Solo queda entonces un gesto, y no es de espera. Dejar de ponerla al final. La mano que se abre no recibe después lo que esperaba: se da cuenta de que ya sostenía, solo eso.
Fuentes citadas
- Sri Aurobindo, La Vie divine, ed. Albin Michel (éd. numérique Feedbooks, 2012 ; original The Life Divine, 1939–1940).
- Baruch Spinoza, Éthique, ed. Garnier Frères, 1913 (Wikisource), trad. Charles Appuhn.