Ovoo
Entre los tuvanos del Altái que relata Galsan Tschinag, desmontar ante un montículo de piedras es saludar al dueño de un lugar —un gesto que un mundo apresurado ha querido borrar.
En la cima de un paso del Alto Altái, donde el sendero bascula de una ladera a otra, el jinete tuvano desmonta. Añade una piedra a un montón que ya cuenta con miles, anuda una cinta a una rama clavada en la cima, da la vuelta en el sentido del sol. El montón se llama ovoo. Es el mundo de la infancia que Galsán Tschinag, pastor devenido escritor, relata desde dentro en el segundo volumen de su trilogía. Al inicio de su libro, un glosario ofrece la definición más escueta.
inglés (trad. del alemán) cairn of sacred stones, erected for the spirits of the respective location and used for offerings and other religious ceremonies
español cairn de piedras sagradas, erigido para los espíritus del lugar en cuestión y utilizado para ofrendas y otras ceremonias religiosas
La palabra no tiene nada de un hito turístico. Un ovoo no señala un mirador: indica que un lugar tiene dueño. El paso, el manantial, el paraje peligroso están habitados por una presencia a quien, al pasar, se debe un saludo y un don. De ahí el gesto elemental que Tschinag atribuye a sus ancestros y que la conversión de un anciano, contagiado por el espíritu de la época, mide en negativo: Mijtik, el abuelo, jura ahora liberarse de toda superstición, never again dismounting at an ovoo or making offerings elsewhere —no volver a desmontar ante un ovoo ni hacer ofrendas en ningún sitio. Lo que renuncia a hacer revela lo que implicaba el gesto: reconocer, con el cuerpo incluido, que no se atraviesa un lugar como se atraviesa el vacío.
Lo que se ofrece al ovoo no es trivial. Tschinag anota que las cintas que allí se anudan can be of any length and width and of any color except black —de cualquier largo, de cualquier ancho, de cualquier color salvo el negro, reservado al luto. Una gramática de la deferencia, donde hasta el color de un retazo de tela tiene sentido. Y que, por simetría, hace pensable la profanación: en el mismo libro, una escolar transformada por el internado termina declarando que no dudaría en crap on an ovoo —ensuciar un ovoo, quemar el manto de un chamán, destrozar su tambor. Solo se puede ofender a quien se considera alguien. El desprecio, aquí, es la prueba invertida de que el ovoo se enfrentaba a una presencia, no a una piedra.
Porque el mundo del ovoo concibe la tierra como un cuerpo. Cuando los escolares, con sus picos, atacan una ribera para cavar una zanja, el narrador no describe una obra, sino una herida.
inglés (trad. del alemán) we are full of bluster as we launch our attack on the Mother Earth’s body. We pry it open, drive our steel tools inside, poke around, and begin to dig a ditch.
español Llenos de fanfarronería, lanzamos nuestro asalto contra el cuerpo de la Madre Tierra. La abrimos a la fuerza, hundimos en ella nuestras herramientas de acero, escarbamos en su interior y comenzamos a cavar una zanja.
Llega un terremoto. El narrador lo escucha como la ira de la Madre Tierra, herida, y su hermano será considerado culpable —no por haber cavado, sino por haber recibido de los espíritus el mensaje de que la tierra temblaría y callar: that someone stayed silent instead of passing on the message from the spirits—that is cause for blood, eso es lo que merece sangre. En este pensamiento, la falta capital no es tocar la tierra: es sentir su dolor y guardar silencio.
Hay que cortar antes de acercar. Nosotros también levantamos cairns —en la cima de un paso, para marcar un camino, señalar una vista, balizar una ruta—. Pero nuestro cairn se enfrenta a un paisaje: un espectáculo desplegado ante la mirada, una superficie que se admira, se fotografía, y que nadie habita. El ovoo se enfrenta a un sujeto. No se erige para ver, sino para ser visto; no se deposita en él una piedra más, sino que se rinden honores a alguien capaz de recibirlos —o de sentirse ofendido—. Donde nuestro paisaje es un afuera sin nadie, el paso tuvano está lleno de una mirada. Solo una vez establecida esta diferencia asoma el punto en común, estrecho: aquí y allá, un lugar puede dejar de ser un simple sitio. Queda por saber, al desmontar, ante qué nos detenemos —un mirador, o alguien.
Fuentes citadas
- Galsan Tschinag, The Gray Earth (Die graue Erde), ed. Milkweed Editions, 2010 (orig. allemand, Insel Verlag, 1999), trad. Katharina Rout (de l'allemand vers l'anglais) ; rendu français maison.