Sorcières
En *Sorcières* (2018) de Mona Chollet, la bruja no es un personaje del folclore, sino una figura que el feminismo se reapropia. En ella sobreviven tres tipos de mujeres a las que apuntaron las cazas de los siglos XVI-XVII: la mujer independiente, la mujer sin hijos y la mujer mayor. Rehabilitar a la bruja es levantar la «doble maldición» lanzada tanto sobre las mujeres como sobre la naturaleza, y convertir a esta figura perseguida en un referente de emancipación.
La sorcière incarne la femme affranchie de toutes les dominations, de toutes les limitations ; elle est un idéal vers lequel tendre, elle montre la voie.
Chollet convierte un insulto en estandarte. La palabra «bruja», recuerda, «había sido la peor de las marcas de infamia, la imputación mentirosa que acarreó tortura y muerte a decenas de miles de mujeres». Las feministas de hoy, «aún más que sus predecesoras de los años 70», están «obsesionadas» con ella: la bruja es «a la vez la víctima absoluta, por quien se exige justicia, y la rebelde obstinada, inasible». De esta figura dual, Chollet hace un referente.
Su libro la desarrolla en tres retratos de mujeres que los siglos de caza «censuraron, eliminaron, reprimieron»: la mujer independiente —viudas y solteras fueron especialmente señaladas—, la mujer sin hijos —aquellas que pretendían controlar su fertilidad—, y la mujer mayor, «convertida, y desde entonces, en objeto de horror». La persecución no solo mató: dejó en nuestros «prejuicios» y «representaciones» consignas aún activas sobre lo que una mujer puede ser.
De ahí el gesto de reapropiación. La palabra, escribe, «remite a un saber a ras de tierra, a una fuerza vital, a una experiencia acumulada que el saber oficial desprecia o reprime». Retomar la bruja es nombrar esa fuerza y cuestionar la «relación guerrera» que se ha desarrollado «tanto hacia las mujeres como hacia la naturaleza» —la «doble maldición que aún queda por levantar». Chollet no inventa esta corriente: remite al movimiento neopagano de la californiana Starhawk, cuya traducción al francés llevó a cabo Isabelle Stengers; es en ese lado, y no bajo su pluma, donde se encuentra el vocabulario de la reapropiación militante de la magia.
La bruja de Chollet ≠ el cliché folclórico del sombrero puntiagudo y la escoba, «título honorífico» o adorno de Halloween: señala ante todo una violencia histórica real, no un disfraz. Y ≠ una heroína «con superpoderes» de las ficciones: Chollet rechaza ese «malentendido» que convierte en fantasía lo que fue, ante todo, terror. La figura que retoma no consuela —«muestra el camino».