Greek · Filosofía occidental

Barbaros

βάρβαρος (bárbaros)

Palabra griega que designa al extranjero por el mero sonido de su lengua: para el oído heleno, que no comprende, el otro no habla, hace «bar-bar», un ruido inarticulado. El bárbaro no se define, pues, por lo que es, sino por lo que yo no alcanzo de él desde mi orilla. El término lleva en su mismo origen la provincialidad del juicio que enuncia: dice menos al otro que el límite de mi uso.

il n'y a rien de barbare et de sauvage en cette nation, à ce qu'on m'en a rapporté, sinon que chacun appelle barbarie ce qui n'est pas de son usage
Montaigne, Essais, I, 31 (Des Cannibales). exemplaire de Bordeaux, 1595 (Wikisource) · source

El griego bárbaros (βάρβαρος) es una onomatopeya. Allí donde el oído griego no reconoce lengua alguna, solo escucha un bar-bar repetido, un balbuceo sin articulación. El bárbaro, en origen, no es más que aquel cuya palabra, al no ser comprendida, se reduce a ruido. La palabra no describe al extranjero: confiesa que yo no lo descifro. Nombra un límite de mi entendimiento y lo toma por una propiedad del otro.

De ahí la lucidez de Montaigne: «cada cual llama barbarie a lo que no es de su uso». El veredicto «bárbaro» mide la distancia con mi costumbre, no un grado de humanidad en el otro. Pertenece a la opinión recibida, la doxa, esa voz común que se toma por la voz de la razón porque nunca se ha salido del país donde impera. El extranjero al que escucha Montaigne habla en verdad «una dulce lengua», y su poesía le parece «enteramente anacreóntica»: el balbuceo solo estaba en el oído.

Barbaros ≠ conciudadano. El primero fija al otro como un afuera ininteligible, tallado desde mi orilla; el segundo —la ciudad común de los estoicos, la homonoia extendida al mundo entero— reconoce bajo las lenguas una misma razón compartida. Entre ambos, no hay un hecho, sino una mirada: la que clasifica y la que conecta.

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