La naturaleza como sujeto político: entre fábula moderna y cosmología yanomami
Dos voces para un mismo mundo entrelazado
La tierra ya no es un decorado. Ni reserva de recursos, ni telón de fondo de los asuntos humanos. Actúa, responde, exige. Dos voces, una surgida de las ciencias sociales europeas, la otra de las selvas amazónicas, lo dicen cada una a su manera. Sin conocerse, sin citarse, trazan los contornos de un mismo desplazamiento: aquel que hace pasar a la naturaleza del estatuto de objeto al de sujeto político. Pero sus caminos se separan antes de volver a encontrarse. Distinguir primero, para escuchar mejor lo que las une.
La naturaleza como ficción por deconstruir
Bruno Latour propone un diagnóstico: la Modernidad se construyó sobre una separación ficticia entre humanos y no humanos. Hoy, esa frontera se resquebraja. Las crisis ecológicas revelan que los no humanos —climas, suelos, virus— no son elementos pasivos, sino actores de pleno derecho en el colectivo. Su presencia impone una refundación de las categorías políticas.
claramente detectable más allá del límite de la estratigrafía, es que el nombre de este período geohistórico puede convertirse en el concepto filosófico, religioso, antropológico y, como veremos pronto, político más pertinente para empezar a apartarse de una vez por todas de las nociones de «Moderno»
Lo que Latour denomina “Gaia” no es una entidad metafísica, sino un operador de pensamiento. Una herramienta para repensar lo político integrando a quienes, hasta ahora, habían sido excluidos: los no humanos. La naturaleza ya no es un dato, sino un conjunto de relaciones por negociar. Se convierte en sujeto de derecho, en socio en la composición del mundo común.
Los espíritus como aliados vivos
Davi Kopenawa, chamán yanomami, habla desde otro lugar. Para él, el bosque no es un conjunto de fuerzas físicas, sino un tejido de relaciones con los xapiri, espíritus que velan por el equilibrio terrestre. Los blancos, dice, no ven a estos aliados invisibles. Los ignoran, los destruyen, y rompen así la alianza que mantiene vivo al mundo.
yanomami español 236 - El sistema de atribución de enfermedades y muertes constituye el idioma privilegiado de las relaciones políticas intercomunitarias yanomami, su atribución a los seres maléficos del bosque representando así su «grado cero».
Entre los yanomami, la enfermedad no es un simple desajuste biológico. Es una señal política. Un desequilibrio en las relaciones con los espíritus, una ruptura del pacto que une a los humanos con el bosque. Los xapiri no son metáforas, sino actores concretos de la vida colectiva. Su ira o su benevolencia determinan la salud del grupo. Negarse a verlos es cegarse ante las condiciones mismas de la supervivencia.
Dos lenguajes para un mismo entrelazamiento
Latour y Kopenawa no hablan la misma lengua. Uno moviliza las herramientas de la filosofía política occidental, el otro las de una cosmología amerindia. Sin embargo, sus propuestas convergen hacia una misma intuición: el mundo no es un decorado que los humanos atraviesan, sino una red de relaciones donde cada elemento cuenta.
Para Latour, la naturaleza se convierte en actor político cuando se manifiesta a través de sus efectos —sequías, pandemias, colapsos—. Para Kopenawa, siempre lo ha sido, a través de los espíritus que la pueblan. En ambos casos, se trata de reconocer que los humanos no están solos. Que comparten el escenario con otros seres, visibles o invisibles, que exigen ser tenidos en cuenta.
La diferencia reside quizá en la manera de nombrar a esos actores. Latour habla de “no humanos”, una categoría que engloba todo lo que no es humano: animales, plantas, minerales, fenómenos climáticos. Kopenawa, en cambio, habla de espíritus, de xapiri, seres dotados de intención y palabra. Pero en ambos casos, se trata de salir de una visión en la que el humano sería el único sujeto legítimo.
Un colectivo ampliado
La propuesta común, si existe, se resume en esto: lo político ya no puede pensarse sin incluir a quienes, hasta ahora, habían sido excluidos. Que se les llame “no humanos” o “espíritus”, el desafío es el mismo: ampliar el círculo de aquellos con quienes componemos el mundo.
Latour sugiere que esta inclusión pasa por una refundación de las instituciones, las leyes, los modos de representación. Kopenawa, por su parte, muestra que esa inclusión ya es una realidad vivida, una práctica cotidiana en la que los espíritus son consultados, apaciguados, escuchados. En ambos casos, no se trata de una opción, sino de una necesidad.
Queda una pregunta, abierta: ¿cómo traducir estas intuiciones en formas políticas que no sean ni la occidentalización forzada de las cosmologías amerindias, ni la folklorización de los conceptos modernos? Quizá la respuesta esté menos en las palabras que en los gestos. En la manera de habitar el mundo, reconociendo que nunca estamos solos.
Fuentes citadas
- Bruno Latour, Face Ga a, ed. .
- Davi Kopenawa, La Chute du ciel, ed. Plon, coll. Terre humaine, 2010, trad. Bruce Albert (propos yanomami recueillis et traduits).