El útero del bosque: matriz de pensamiento y resistencia

Meditación a partir de la voz de Davi Kopenawa

El útero del bosque: matriz de pensamiento y resistencia
Artista(s) olmeca(s) — Rostro (900–400 a.C.). Metropolitan Museum of Art, CC0.
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El bosque no es un decorado. Tampoco es un simple «medio natural», ese concepto que, al reducirse a un envoltorio externo, terminó justificando su propio desmantelamiento. Según Davi Kopenawa, es un cuerpo entero, un mundo entero —expresión que emplea para designar lo que su lengua nombra urihi a pree o urihi a pata: la gran tierra-bosque, el conjunto del nivel terrestre. No es una metáfora. Es una experiencia vivida, una manera de habitar el mundo donde el bosque respira, sangra, sueña y pare. Su útero, urihi a pree, no es una imagen poética: es el lugar de donde emergen los pensamientos, los relatos, las fuerzas que permiten mantenerse en pie frente a quienes quieren despedazarlo.

667 - Davi Kopenawa utiliza esta expresión en portugués: mundo inteiro, para traducir la expresión yanomami urihi a pree o urihi a pata, «la gran tierra-bosque», que designa el conjunto del nivel terrestre.

Davi Kopenawa, La Chute du ciel  — ed. a partir de la traducción francesa de Bruce Albert, Plon, coll. Terre humaine, 2010" maison langSource="fr

El bosque como cuerpo vivo

Davi Kopenawa observa que el bosque no es un espacio neutro, sino un organismo cuyos ritmos dictan los de los humanos. Tiene sus estaciones de hambre —hambre de carne de caza, hambre de alimento vegetal—, sus lugares obstruidos, urihi komi, donde merodean seres maléficos, y sus vastas extensiones antiguas, urihi a pata, que guardan la memoria de tiempos inmemoriales. Estas distinciones no responden a una clasificación ecológica, sino a una cartografía íntima, donde cada término remite a una relación concreta: el bosque como vientre que nutre, como piel que protege, como útero que engendra.

Esta visión desplaza radicalmente nuestra relación con lo vivo. Allí donde hablamos de «medio ambiente» —palabra que supone una separación entre lo humano y lo que lo rodea—, Davi Kopenawa habla de un todo indivisible. El mundo entero no es un marco, sino una matriz. El bosque no está alrededor nuestro: estamos en él, como el feto en el vientre de su madre. Esta inversión no es anodina. Implica que la destrucción del bosque no es una pérdida externa, sino una mutilación de uno mismo. Cuando la tierra sangra, es el cuerpo mismo de quienes dependen de ella el que se desgarra.

El útero como fuente del pensamiento

Si el bosque es un útero, entonces los pensamientos que de él nacen no son construcciones abstractas, sino emanaciones orgánicas. Davi Kopenawa no separa la reflexión de la carne del mundo. Los sueños, los cantos, los relatos chamánicos son fluidos que circulan entre los humanos y la tierra-bosque. No provienen solo del espíritu, sino de esa matriz común, urihi a pree, donde todo está ligado.

Esta concepción cuestiona la idea misma de «naturaleza» como dominio separado de la cultura. Para los yanomami, no hay frontera entre lo salvaje y lo civilizado, entre lo pensado y lo vivido. El bosque no es un reservorio de recursos, sino un interlocutor con el que se negocia permanentemente. Cuando Davi Kopenawa evoca «el resto del bosque», urihi a xee hëaɨwi, no es una lamentación por un ecosistema en vías de desaparición, sino el diagnóstico de una amputación. Lo que queda ya no es un cuerpo entero, sino un miembro fantasma, una presencia dolorosa que recuerda lo que ha sido arrancado.

Resistir desde el útero

La resistencia, en esta perspectiva, no es una estrategia política, sino una necesidad vital. No surge de una ideología, sino de una relación carnal con la tierra-bosque. Davi Kopenawa muestra que la fuerza para enfrentar a las topadoras y a las enfermedades traídas por los invasores no nace de una abstracción, sino de esa matriz viva. El bosque no es un símbolo de la lucha: es la lucha. Cada árbol talado, cada río envenenado es un ataque contra el útero que nos sostiene.

Esta visión arroja nueva luz sobre los conceptos occidentales de «medio natural» o «biodiversidad». Davi Kopenawa señala la trampa de estas palabras, que, al reducir el bosque a un conjunto de recursos o de servicios ecosistémicos, lo convierten en un objeto por gestionar en lugar de un sujeto por respetar. El meio ambiente (medio natural) no es más que un residuo de la antigua «naturaleza», un espacio remanente cercado por la industria. El bosque yanomami, en cambio, no es un medio: es un mundo entero, un mundo entero.

El sueño como acto de resistencia

En esta cosmología, el sueño no es una evasión, sino un acto político. Los chamanes yanomami sueñan el bosque para mantenerlo vivo, para negociar con los espíritus que lo pueblan, para reparar las heridas infligidas por las máquinas. El sueño es una forma de resistencia activa, una manera de reafirmar que el bosque no está muerto, que sigue pariendo pensamientos, relatos, fuerzas.

Davi Kopenawa nos recuerda que la destrucción del bosque no es solo una catástrofe ecológica, sino un ataque a la capacidad misma de pensar. Si el útero de la tierra-bosque es mutilado, es toda una manera de estar en el mundo la que se derrumba. La resistencia, entonces, no consiste solo en proteger árboles o animales, sino en preservar esa matriz que nos hace existir —y que, a su vez, nos da la fuerza para luchar por ella.

Fuentes citadas

  • Davi Kopenawa, La Chute du ciel, ed. Plon, coll. Terre humaine, 2010, trad. Bruce Albert (propos yanomami recueillis et traduits).