Active Hope
En Joanna Macy y Chris Johnstone, la esperanza deja de ser un pronóstico —«al final todo se arreglará»— para convertirse en una práctica. No se tiene, se hace, como se cultiva un jardín o como se ejercita el *taichí*. Tres gestos la componen: mirar la realidad de frente, nombrar la dirección que queremos ver surgir, dar un paso hacia ella. No exige optimismo: puede practicarse incluso donde uno se siente sin esperanza, porque lo que la guía no es la valoración de las posibilidades, sino la intención. Esperar se vuelve un verbo.
Active Hope is a practice. Like tai chi or gardening, it is something we do rather than have. It is a process we can apply to any situation, and it involves three key steps. First, we take a clear view of reality; second, we identify what we hope for in terms of the direction we’d like things to move in or the values we’d like to see expressed; and third, we take steps to move ourselves or our situation in that direction.
La esperanza activa nace de un compartir de la palabra hope. Está la esperanza-deseo —saber qué mundo se anhela, hasta el punto de que duele— y está lo que se hace con ella. La esperanza pasiva espera a que una instancia externa realice lo que se desea; la esperanza activa convierte a quien espera en actor de lo que espera. El desplazamiento está por completo en ese paso del nombre al verbo: no es un estado de ánimo que se padece, sino un gesto que se repite.
De ahí que no dependa del optimismo. Calcular las probabilidades y avanzar solo cuando uno se siente seguro es seguir basando la acción en una apuesta. Macy y Johnstone invierten el orden: primero se elige lo que se quiere hacer realidad, y la intención se convierte en guía —incluso en aquellos territorios donde, al medir con frialdad, uno se descubre sin esperanza—. La práctica se arraiga en el «trabajo que reconecta» (Work That Reconnects), donde atravesar la lucidez sobre el colapso en curso no apaga la capacidad de actuar, sino que la libera. Por eso la esperanza activa se deja pensar junto a quienes aprenden a quedarse con el problema en lugar de huir de él.
La esperanza activa no es el optimismo: el optimista apuesta a que todo saldrá bien, y su energía se desploma cuando el pronóstico se ensombrece. Tampoco es el pesimismo, que apuesta lo contrario y desmoviliza igual —ambos juegan a un resultado—. Y no es la esperanza pasiva, que espera a que otros actúen: aquí no se espera a que la cosa ocurra, uno se convierte en uno de los caminos por los que puede ocurrir.