El demonio de tres puntas
Entre los Padres del desierto, la vanagloria es el único vicio que se alimenta de las victorias logradas sobre todos los demás —incluso del desprecio que se le opone.
En su celda del monte Sinaí, un anciano monje está a punto de abandonar todo. El relato es suyo. El desaliento lo carcome, el hastío de la soledad, el anhelo de volver al mundo. Llegan visitantes. Alaban en voz alta la dicha de una vida tan retirada, tan llena de Dios. Y de pronto el ánimo sombrío se disipa —no por consuelo, sino porque otra pasión ha ocupado el lugar dejado vacío.
Estaba, dice, sentado un día en mi celda, y sentía tal desaliento en el corazón que casi pensaba en dejarla. En ese momento llegaron unos forasteros y comenzaron a ensalzar con tanto fervor la felicidad que tenía al vivir así en soledad, que aquellos pensamientos de hastío y desánimo fueron al instante desplazados por el de la vanagloria. Admiré cómo el demonio de la vanidad, semejante al hierro de tres puntas que siempre cae con una hacia arriba, hace la guerra a todos los demás demonios.
Juan Clímaco, que recoge la escena en su Escala del Paraíso, no se extraña de haber sido halagado. Le sorprende el mecanismo. La tristeza no ha sido vencida: ha sido reemplazada. Un vicio ahuyenta a otro, y el monje se halla más lejos de la paz que antes de la visita, aunque sin haberlo notado, porque el recién llegado se presentaba bajo la apariencia de un alivio.
La imagen es exacta hasta inquietar. El hierro de tres puntas es un abrojo: un artefacto de hierro que se esparcía bajo los cascos de los caballos y que, cayera como cayera, siempre mostraba una punta hacia arriba. Tal es, para Clímaco, el demonio de la vanagloria. Se cree abatido por un lado, y resurge por otro. Ayunas: admira tu ayuno. Lloras tus faltas: elogia tu compunción. Huyes del elogio: te felicita por huir de él. Ninguna caída lo derriba del todo, porque cada una le ofrece un nuevo asidero.
¿Qué es la vanagloria entre los Padres del desierto?
No es el orgullo común, que se basta a sí mismo. Es el apetito de la mirada ajena —la necesidad de ser visto, estimado, narrado—. Su perversidad radica en un punto: las demás pasiones buscan un objeto del mundo, un alimento, un cuerpo, una venganza; la vanagloria, en cambio, no tiene objeto propio. Se adhiere a todo, y preferiblemente al bien. Cuanto más se renuncia, más hay de qué vanagloriarse por haber renunciado. Por eso «hace la guerra a todos los demás demonios»: prospera de sus derrotas. El solitario que lo ha domado todo descubre que aún le queda vencer la complacencia de haberlo domado —y que esa victoria, apenas lograda, se convierte al instante en nuevo material de vanidad.
Clímaco extrae de ello una disciplina paradójica: opone, según su biógrafo, el retiro y el silencio a la vanagloria. Se retira a una gruta para llorar fuera del alcance de oídos, temeroso de que hasta sus gemidos le granjeen alabanzas. La vigilancia del monje nunca descansa, pues el enemigo, aquí, se esconde en el centinela.
Otra tradición aborda el mismo hallazgo desde el extremo opuesto. Lao-Tsé no ve un demonio que combatir.
No se pone en evidencia, por eso brilla. No se aprueba, por eso resplandece. No se jacta, por eso tiene mérito. No se glorifica, por eso es superior a los demás.
La fórmula parece gemela a la del desierto, pero no lo es. Para Clímaco, el ocultamiento es una estrategia de guerra: uno se esconde porque acecha un enemigo, y el combate no termina nunca, pues el hierro siempre cae de punta. Para Lao-Tsé, no hay enemigo. El sabio no se pone en evidencia, y el resplandor surge por sí solo, como un efecto sin esfuerzo —no porque haya vencido el deseo de brillo, sino porque ya no lo alberga—. El comentarista de Julien lo dice con claridad: «el hombre santo no disputa, porque está libre del yo». Donde el monje defiende un yo asediado, el taoísta ha disuelto el frente: no tiene un yo que alimentar, y por tanto nada a lo que la gloria pueda aferrarse. Uno mantiene la línea; el otro la ha hecho desaparecer.
El punto en que ambos convergen es más estrecho de lo que parece, pero firme: querer ser visto corrompe lo que se es. Solo en esto coinciden el Sinaí y la China —y es justamente lo que nuestra época ha invertido de manera metódica.
Pues hemos industrializado la mirada ajena. Se nos exige «construir una marca personal», documentar nuestra soledad, escenificar hasta nuestros retiros. La economía de la atención es, estructuralmente, una cultura de la kenodoxia: convierte la estima en cifra y la cifra en ingreso. Y la trampa más actual es precisamente la que Clímaco había señalado: el renunciamiento a la gloria se convierte en gloria. La humildad exhibida, la ostentación de la discreción, el relato público del retiro del mundo —el hierro cae de punta—. El monje del Sinaí se adentraba en una gruta para llorar sin ser oído. Nosotros filmamos la gruta.
La imagen del abrojo es más sombría que una moral. Dice que ninguna victoria sobre la vanidad es definitiva, porque la victoria misma se convierte en lo próximo de lo que enorgullecerse. No existe posición desde la que se haya escapado por fin a la mirada. Al monje le quedaba la gruta donde nadie podía oírlo —y aun eso, lo sabía, el demonio podía volverlo en su provecho.
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Fuentes citadas
- Jean Climaque, Vies choisies des Pères des déserts d'Orient, ed. Ad Mame et Cie, 1861 (compilation du R. P. Michel-Ange Marin).
- Lao-Tseu, Tao Te King, ed. Wikisource (trad. Stanislas Julien, 1842), trad. Stanislas Julien.