La ilusión y su travesía: tres vías de la libertad
Deseo, rebeldía, interdependencia — las ilusiones del yo y del mundo según Schopenhauer, Camus y Dōgen
La libertad no es un estado, sino un movimiento. No se posee, se atraviesa. Tres voces trazan sus contornos por la negativa: no lo que es, sino aquello de lo que libera. Para Schopenhauer, la ilusión es ante todo la del yo, ese teatro donde se representan los deseos que nos encadenan. Para Camus, es social, un velo arrojado sobre lo absurdo del mundo por las ambiciones que lo estructuran. Para Dōgen, es ecológica, el olvido de nuestra interdependencia con lo vivo. Cada uno propone una salida: la negación, la rebeldía, la disolución. Sus caminos divergen, pero su punto de partida es idéntico —reconocer la ilusión por lo que es.
Schopenhauer: la ilusión como deseo y la libertad como negación
Schopenhauer no habla de libertad, sino de felicidad. Sin embargo, de lo que se trata es, precisamente, de una liberación. La felicidad, en sus Aforismos sobre la sabiduría en la vida, no es un fin, sino un efecto secundario de la disolución de las condiciones que nos hacen desdichados. Estas condiciones son personales, y entre ellas, las cualidades físicas e intelectuales ocupan un lugar central. El
En toda esta disertación sobre las condiciones personales que contribuyen a nuestra felicidad, he tenido en cuenta las cualidades físicas y, principalmente, las intelectuales.
La ilusión schopenhaueriana es metafísica. Reside en la creencia de que el yo es una sustancia autónoma, capaz de realizarse mediante la acumulación de satisfacciones. Pero el yo es un haz de deseos, y estos deseos no tienen fin. Pretender colmarlos es embarcarse en una carrera sin salida. La sabiduría, pues, no está en la afirmación de sí, sino en su limitación. Schopenhauer no propone una ética de la acción, sino una ética de la contención. La libertad adviene cuando el deseo se agota, no por la fuerza, sino por la lucidez. Comprender que la felicidad no reside en el objeto del deseo, sino en la ausencia de deseo, es ya liberarse de él.
Esta negación no es un renunciamiento pasivo. Es activa, pues exige ver el mundo tal como es: un lugar donde el sufrimiento es la regla, y el placer, la excepción. Las cualidades intelectuales, al revelar esta verdad, se convierten a la vez en el problema y en la solución. Exacerban el sufrimiento al hacer más sutiles los deseos, pero también permiten trascenderlos. La libertad schopenhaueriana es, pues, una liberación por el conocimiento —no un conocimiento abstracto, sino encarnado, que modifica la manera en que habitamos el mundo.
Camus: la ilusión como ambición y la libertad como rebeldía
Camus, en cambio, no habla de felicidad, sino de vida. Y la vida, en El mito de Sísifo, es ante todo una cuestión de lucidez. La ilusión que denuncia no es metafísica, sino social. Adopta la forma de la ambición, ese «camino hacia una vida más grande» que, en realidad, nos desvía de lo único que importa: el instante presente. El
el conquistador será desviado hacia la ambición, que no era más que un camino hacia una vida más grande.
La libertad, para Camus, no pasa por la negación del deseo, sino por su reorientación. La ambición es una ilusión porque postula que la felicidad está en otra parte, en un futuro siempre postergado. La rebeldía, en cambio, es un acto de presencia. Consiste en rechazar los relatos que nos alienan —los del éxito, el progreso, la trascendencia— para afirmar el valor del presente. Sísifo, condenado a empujar eternamente su roca, es libre cuando acepta su condición. Su libertad no está en el cumplimiento de la tarea, sino en la conciencia que tiene de ella. Del mismo modo, el hombre absurdo es libre cuando deja de buscar un sentido más allá de la existencia para crearlo en el instante.
Esta libertad es política, pues implica un rechazo a las estructuras que nos encierran. La ambición es una ilusión colectiva, un señuelo que mantiene a los individuos en la obediencia. La rebeldía, en cambio, es un acto solitario que se vuelve colectivo cuando se generaliza. No es una negación pura, como en Schopenhauer, sino una afirmación paradójica: afirmar el valor de la vida rechazando las mentiras que la niegan. Camus no propone una ética de la resignación, sino una ética de la lucidez. La libertad adviene cuando se dejan de creer las promesas del mundo para inventar otras nuevas.
La ilusión camusiana es, pues, social, pero tiene una dimensión metafísica. La ambición es una huida hacia adelante, una manera de negar lo absurdo fundamental de la existencia. La rebeldía, en cambio, es una forma de abrazarlo. No suprime lo absurdo, sino que lo transforma en fuerza. La libertad, aquí, no está en la negación del deseo, sino en su reapropiación. Exige ver el mundo tal como es —sin Dios, sin destino, sin sentido predeterminado— y encontrar en él una razón para actuar.
Dōgen: la ilusión como separación y la libertad como disolución
Dōgen, por último, no habla ni de felicidad ni de vida, sino del Camino. Y el Camino, en el Shōbōgenzō, es una práctica. La ilusión que denuncia no es metafísica ni social, sino ecológica. Reside en la creencia de que el yo es una entidad separada del resto de lo vivo. Esta ilusión es a la vez la más antigua y la más tenaz, pues estructura nuestra relación con el mundo. El
Haced zazen regularmente con el kashaya puesto. Hay un precedente de alcanzar el Camino en la segunda vida siguiente como resultado de llevar el kashaya en esta vida.
La ilusión dōgeniana es la de la separación. Adopta la forma de un yo que se cree autónomo, cuando en realidad es producto de mil interacciones —con otros seres, con la tierra, con el tiempo. El zazen, la meditación sentada, es una práctica de disolución. No busca suprimir el yo, sino situarlo en una red más vasta. El kashaya, llevado con regularidad, es una manera de recordar esa interdependencia. No es una vestidura, sino una piel nueva, un modo de revestirse del mundo.
La libertad, aquí, no está en la negación del deseo, como en Schopenhauer, ni en su reorientación, como en Camus. Está en el reconocimiento de que el yo no es una prisión, sino un pasaje. La «segunda vida siguiente» de la que habla Dōgen no es una promesa de reencarnación, sino una metáfora de la continuidad. La libertad adviene cuando se deja de identificarse con una existencia individual para inscribirse en un flujo más amplio. No es una liberación de algo, sino una liberación en algo —en la interdependencia, en el tiempo, en lo vivo.
Esta libertad es ecológica, pues implica una reconciliación con el mundo. No es una huida, sino una inmersión. El zazen no es una evasión, sino una manera de situarse en el corazón de la existencia. Dōgen no propone una ética de la negación o de la rebeldía, sino una ética de la presencia. La libertad, aquí, está en la aceptación —no una aceptación pasiva, sino activa, que transforma la manera en que habitamos el mundo.
La cumbre común: la ilusión como velo y la libertad como travesía
Tres ilusiones, tres vías. Schopenhauer ve en el deseo la fuente de la alienación; Camus, en la ambición; Dōgen, en la separación. Sin embargo, sus propuestas convergen en un punto: la libertad no está en la afirmación del yo, sino en su travesía. Para Schopenhauer, está en la negación del deseo; para Camus, en la rebeldía contra las ilusiones sociales; para Dōgen, en la disolución del yo en la interdependencia. Cada uno propone una manera de ver el mundo tal como es, sin los velos que nos separan de él.
La ilusión, en los tres, es un velo. Para Schopenhauer, es el velo de Māyā, esa apariencia que nos hace creer que la felicidad está en la satisfacción de los deseos. Para Camus, es el velo de las ambiciones colectivas, que nos hacen olvidar lo absurdo fundamental de la existencia. Para Dōgen, es el velo del ego, que nos hace creer que estamos separados del resto de lo vivo. La libertad, en los tres casos, está en el gesto que rasga ese velo.
Este gesto no es el mismo. Schopenhauer propone una ascesis intelectual, una manera de desprenderse de los deseos por el conocimiento. Camus propone una rebeldía existencial, una manera de rechazar las mentiras del mundo para inventar otras nuevas. Dōgen propone una práctica corporal, una manera de inscribirse en una continuidad que trasciende al individuo. Sin embargo, estos gestos comparten una estructura común: exigen ver la ilusión por lo que es y atravesarla.
La libertad, aquí, no es un estado, sino un movimiento. No está en la llegada, sino en la travesía. Schopenhauer, Camus y Dōgen no proponen una doctrina de la liberación, sino una práctica. Para uno, es la negación; para otro, la rebeldía; para el tercero, la disolución. Pero en los tres casos, se trata de liberarse de las ilusiones que nos alienan —no para alcanzar un más allá, sino para habitar plenamente el aquí.
Fuentes citadas
- Arthur Schopenhauer, Aphorismes sur la sagesse dans la vie, ed. , trad. Jean-Alexandre Cantacuzène.
- Albert Camus, Myth of Sisyphus, ed. .
- Dogen, dogen-shobogenzo-treasury-true-dharma-eye-tanahashi, ed. .