La convivencia urbana con lo no humano: ¿diplomacia o simbiosis?

Dos voces para un mismo territorio

La convivencia urbana con lo no humano: ¿diplomacia o simbiosis?
Jean Colombe — El papa Urbano II en el Concilio de Clermont. Wikimedia Commons, Public domain (CC0).

La ciudad es un lugar donde lo humano y lo no humano se cruzan sin encontrarse siempre. Los árboles bordean las avenidas, las hierbas rompen el asfalto, los pájaros anidan en los intersticios de los edificios. ¿Cómo habitar estos espacios sin imponer ni borrarse? Dos propuestas emergen, distintas en su enfoque, pero orientadas hacia una misma pregunta: la de la relación.

La diplomacia de los lenguajes mudos

Bautista Morizot propone un camino en el que la convivencia pasa por la negociación. Se trata de escuchar lo que no habla nuestra lengua, pero que no por ello carece de lenguaje. Los árboles, por ejemplo, se comunican de otro modo: a través de sus raíces, sus hojas, sus reacciones a las estaciones. Su silencio no es ausencia de sentido, sino otra forma de expresión.

ECOLOGÍA Y BIODIVERSIDAD Del buen uso de los árboles, Francis Hallé, 2011. Defensa de la herboristería, Thierry Thévenin, 2013.

Baptiste Morizot, Raviver les braises du vivant  — ed. según la traducción francesa de Matthieu Dumont, Éditions Actes Sud, 2020, trad. viasophia

Estas referencias no son casuales. Señalan saberes que toman en serio los modos de existencia de lo no humano. Del buen uso de los árboles sugiere que los árboles poseen una forma de inteligencia, una manera de estar en el mundo que merece ser comprendida. Defensa de la herboristería recuerda que las plantas no son simples recursos, sino aliadas con las que los humanos hemos coevolucionado. La diplomacia, aquí, consiste en reconocer esas alteridades sin reducirlas a nuestras categorías. Exige distinguir antes de dialogar: un árbol no es un humano, una hierba no es una herramienta. Su presencia en la ciudad no es un decorado, sino una invitación a ajustar nuestras formas de habitar.

Este enfoque no busca fusionar, sino negociar. Supone que cada especie tiene sus propios intereses, sus propios ritmos, y que la convivencia urbana debe tenerlos en cuenta. No niega los conflictos, sino que los aborda como oportunidades para encontrar compromisos. Un árbol que crece en una grieta de la acera no es un obstáculo a eliminar, sino un interlocutor cuya persistencia cuestiona nuestro propio dominio del espacio.

La simbiogénesis de los parentescos dispares

Donna Haraway propone otro camino, en el que la convivencia no pasa por la negociación, sino por la transformación mutua. Para ella, las fronteras entre especies no son líneas fijas, sino zonas de contacto donde se crean nuevas formas de vida. La ciudad no es un espacio donde humanos y no humanos coexisten sin tocarse, sino un lugar donde sus existencias se entrelazan.

A las hacedoras y hacedores de parentescos dispares INTRODUCCIÓN

Donna Haraway, Vivir con el problema  — ed. según la traducción francesa de Viviane Despret, Éditions La Découverte, 2020, trad. viasophia

Los parentescos dispares designan esos vínculos que se tejen fuera de las categorías tradicionales. Un parentesco no es solo biológico, sino también narrativo, afectivo, práctico. Puede unir a un humano y un árbol, a una ciudad y sus palomas, a un jardín y sus insectos. Estas relaciones no son simétricas, pero son reales: transforman a quienes participan en ellas.

Haraway no busca distinguir para dialogar mejor, sino reconocer que las fronteras entre especies son porosas. Un árbol en la ciudad no es un otro aislado, sino un actor de una red más amplia, donde humanos, plantas, animales y microbios se influyen mutuamente. La simbiogénesis —ese proceso en el que organismos distintos se fusionan para formar otros nuevos— no es una metáfora, sino una realidad biológica y cultural. Las ciudades son laboratorios de estas hibridaciones.

Este enfoque no niega las diferencias, pero las sitúa en un continuo. Un humano que planta un árbol no solo negocia con él: participa en una historia común, donde cada uno modifica al otro. La convivencia no es un contrato, sino una danza cuyos pasos se aprenden al caminar.

La cumbre común: el espacio compartido

Estas dos propuestas parecen opuestas. Una insiste en la distinción; la otra, en la convergencia. Sin embargo, coinciden en un punto esencial: la ciudad no es un territorio humano, sino un espacio compartido. Ya sea eligiendo escuchar los lenguajes mudos o tejer parentescos dispares, el desafío es el mismo: habitar sin dominar.

Morizot propone negociar con lo que resiste a nuestras categorías. Haraway sugiere dejarse transformar por lo que nos rodea. En ambos casos, se trata de renunciar a la ilusión de un control total. Un árbol en la ciudad no es un objeto que gestionar, sino un compañero con el que componer. Una hierba que crece entre los adoquines no es una molestia, sino una presencia que interroga nuestra relación con el suelo.

La diplomacia y la simbiosis no son soluciones, sino formas de plantear la pregunta. ¿Cómo vivir con lo que no somos, sin reducirlo ni disolvernos en ello? Quizá la respuesta no esté en elegir entre ambas, sino en su misma tensión. Distinguir para escuchar mejor, converger sin borrar: la convivencia urbana exige las dos.

Fuentes citadas

  • Baptiste Morizot, Raviver les braises du vivant, ed. .
  • Donna Haraway, Vivre avec le trouble, ed. .