La gratitud, tecnología de reparación del mundo
Meditación sobre la economía del don según Robin Wall Kimmerer
La gratitud no es un simple sentimiento que nos atraviesa, sino una manera de habitar el mundo. Según Robin Wall Kimmerer, esta postura compromete mucho más que nuestro corazón: reorganiza nuestras relaciones con lo que nos rodea, hasta modificar las estructuras mismas de nuestra existencia colectiva. En su obra, explora cómo una economía basada en el compartir los dones de la tierra podría ofrecer una alternativa a las lógicas de escasez y propiedad que dominan nuestras sociedades. Esta visión se arraiga en un enseñanza ancestral, la de «Un Cuenco y Una Cuchara», que sugiere que los recursos esenciales —el agua, la tierra, los bosques— no deberían ser acaparados, sino gestionados en común, con respeto y reciprocidad.
Robin Wall Kimmerer observa que este enfoque, lejos de ser una utopía, permitió durante mucho tiempo a comunidades mantener la abundancia en lugar de la penuria. Sin embargo, insiste: cambiar las políticas no basta. La escasez y la abundancia no son solo realidades económicas, sino estados de ánimo y de espíritu. Invita a cada cual a recordar que sus ancestros, en algún momento de su historia, pertenecieron a culturas donde la gratitud estructuraba las relaciones con la tierra. Recuperar esa memoria podría actuar como remedio contra las lógicas de depredación que hoy amenazan los ecosistemas.
La práctica de la gratitud, según ella, permite distinguir los llamados consumistas de las verdaderas necesidades. Celebra una riqueza entendida como capacidad de compartir, donde el valor se mide por las relaciones mutuamente beneficiosas y no por la acumulación. Esta postura transforma también nuestra relación con las plantas, como muestra el ejemplo de la sweetgrass. Robin Wall Kimmerer relata sus intentos por restaurar esta planta sagrada, primero cultivándola en vivero con métodos científicos. Sin embargo, a pesar de condiciones óptimas, la sweetgrass solo prospera realmente cuando es cuidada por artesanos que la cosechan con respeto, en el marco de una relación recíproca.
Esta constatación va más allá de la simple ecología: se trata de restaurar un vínculo entre los humanos y las plantas, donde el cuidado mutuo se convierte en condición de vitalidad. Los científicos, señala, suelen centrarse en parámetros materiales —el pH del suelo, la hidrología— dejando de lado la dimensión espiritual. No obstante, los saberes indígenas, como el Discurso de Agradecimiento, ofrecen pistas para tejer materia y espíritu. Sueña con un tiempo en que la tierra misma pudiera agradecer a los humanos, no porque estos lo merecieran, sino porque habrían cumplido con sus obligaciones hacia ella.
La sweetgrass, por ejemplo, no puede venderse: es sagrada, y quienes intentaran comercializarla serían disuadidos por los guardianes de esta tradición. Los recolectores la cosechan con cuidado, para su uso y el de su comunidad, ofreciendo siempre algo a cambio. Las trenzas de sweetgrass circulan como regalos, honrando, agradeciendo, sanando o fortaleciendo los lazos. Su valor crece con cada intercambio, pues es en el movimiento mismo del don donde reside su riqueza. Esta lógica contrasta radicalmente con la de la propiedad privada, donde la exclusión de los demás es la norma.
inglés Practices such as posting land against trespass, for example, are expected and accepted in a property economy but are unacceptable in an economy where land is seen as a gift to all.
español Prácticas como colocar un cartel de prohibido el paso en un terreno, por ejemplo, son esperadas y aceptadas en una economía de propiedad, pero inaceptables en una economía donde la tierra se considera un don para todos.
Una economía del don contra la lógica del cercamiento
Según Robin Wall Kimmerer, la tierra no es un bien que poseer, sino un don que compartir. Esta visión cuestiona prácticas habituales, como la de prohibir el acceso a un territorio en nombre de la propiedad privada. En una economía donde la tierra es un don común, tales restricciones carecen de sentido: rompen el ciclo de reciprocidad que permite a la vida renovarse. La sweetgrass, por ejemplo, solo crece con vigor allí donde los humanos mantienen con ella una relación de respeto y gratitud. Si este vínculo se quiebra, la planta languidece, como si llevara en sí la memoria de los lazos rotos.
Esta idea de una memoria de las plantas y los lugares no es una metáfora, sino una observación concreta. Robin Wall Kimmerer relata cómo, a pesar de condiciones óptimas de cultivo en vivero, la sweetgrass solo recupera su vitalidad cuando se la devuelve a un contexto donde los humanos asumen sus responsabilidades hacia ella. Los científicos, al centrarse en los aspectos técnicos de la restauración ecológica, suelen olvidar esta dimensión relacional. Sin embargo, es ella la que marca la diferencia entre una planta que sobrevive y una que florece.
La gratitud como acto político
La gratitud, tal como la concibe Robin Wall Kimmerer, no es una actitud pasiva, sino un compromiso activo. Implica reconocer los dones de la tierra y responder con gestos concretos: compartir, devolver, cuidar. En una sociedad donde todo se mercantiliza, esta práctica puede parecer subversiva. No obstante, ofrece una vía para salir de las lógicas depredadoras que agotan los recursos y las relaciones. Al celebrar la riqueza de los vínculos en lugar de la de las posesiones, propone otra manera de medir el valor.
Esta visión se vincula con una crítica más amplia de los sistemas económicos dominantes. Según Robin Wall Kimmerer, la escasez no es una fatalidad, sino el resultado de un estado de ánimo. Cultivar la gratitud permite transformar esa percepción y abrir paso a una abundancia compartida. Esto no significa ignorar los límites de los ecosistemas, sino abordarlos con otra intención: no para extraer el máximo, sino para cuidarlos a fin de que puedan seguir dando.
Reanudar los lazos
La restauración ecológica, para Robin Wall Kimmerer, no se limita a replantar especies o restablecer equilibrios químicos. Pasa también por restaurar las relaciones entre los humanos y lo vivo. Las plantas, los animales, los ríos tienen su propia manera de interactuar con el mundo, y los humanos no somos más que un eslabón de esa red. Al retomar prácticas de gratitud, podemos aspirar a recuperar un lugar armonioso en este tejido.
Este camino no está reservado a quienes pertenecen a culturas indígenas. Robin Wall Kimmerer recuerda que cada uno lleva en sí la memoria de esas relaciones ancestrales. Recuperarla es dotarse de los medios para transformar nuestra relación con el mundo, no retrocediendo, sino inventando nuevas formas de convivir con la tierra y sus habitantes.
Fuentes citadas
- Robin Wall Kimmerer, Braiding Sweetgrass: Indigenous Wisdom, Scientific Knowledge, and the Teachings of Plants, ed. Le lotus et l'éléphant, 2021, trad. Véronique Minder.