La gratitud como tecnología de reparación ecológica

Robin Wall Kimmerer y el arte potawatomi de devolver lo que la Tierra nos da

La gratitud como tecnología de reparación ecológica
Anónimo — Bastón (mediados del siglo XIX). Metropolitan Museum of Art, CC0.
L

La restauración de los ecosistemas, según Robin Wall Kimmerer, no se limita a replantar árboles o sanear suelos. Exige una profunda transformación de nuestra relación con el mundo, donde la ciencia ecológica se encuentra con una ética del don. En sus reflexiones, la botánica potawatomi subraya que las técnicas de rehabilitación de los entornos naturales, por sofisticadas que sean, seguirán siendo incompletas si ignoran la dimensión relacional entre los seres humanos y los demás seres vivos. La tierra, recuerda, no se conforma con recibir nuestros esfuerzos: responde a ellos, siempre que aceptemos inscribirnos en un ciclo de intercambios mutuos. Esta reciprocidad no es una metáfora poética, sino una condición sine qua non para una restauración duradera. Sin ella, los proyectos ecológicos corren el riesgo de reproducir las mismas lógicas extractivistas que llevaron a la degradación inicial, contentándose con “tomar” de otra manera.

Robin Wall Kimmerer observa que los saberes científicos, aunque necesarios, no bastan para captar la complejidad de los vínculos que unen a las especies. Toma el ejemplo de una planta, la hierba aromática, cuya vitalidad depende menos de las condiciones edáficas o climáticas que de la calidad de las relaciones que se establecen con quienes la recolectan. Los ejemplares más vigorosos, señala, son aquellos cuidados por artesanos que tejen con ella cestas y, a cambio, le ofrecen muestras de respeto. Esta constatación va más allá de la botánica: revela una inteligencia relacional en la que la planta y el ser humano se influyen mutuamente, mucho más allá de los mecanismos biológicos mensurables. La ciencia, al centrarse en los parámetros físicos, pasa por alto esta dimensión espiritual y social, esencial sin embargo para la supervivencia de los ecosistemas.

El don como fundamento de una economía alternativa

La crítica que formula Robin Wall Kimmerer a las sociedades modernas se basa en una oposición fundamental entre dos concepciones de la tierra: una la considera un recurso que poseer, la otra un don que compartir. Esta distinción no es baladí. En una economía basada en la propiedad, explica, es normal cercar terrenos, prohibir su acceso o monetizar el uso de los recursos. Estas prácticas, aunque legales, entran en contradicción con una visión en la que la tierra es un bien común, ofrecido a todos por las generaciones pasadas y futuras. La botánica ilustra esta tensión evocando un malentendido histórico entre los colonos europeos y los pueblos originarios. Cuando estos últimos ofrecían regalos, esperaban que circularan, conforme a una lógica de reciprocidad. Los colonos, en cambio, interpretaban esos gestos como transferencias definitivas de propiedad, sin obligación de devolver. Este equívoco dio origen a la expresión peyorativa “Indian giver”, que hoy designa a quien reclama lo que ha dado. Sin embargo, subraya Robin Wall Kimmerer, esta expresión revela menos una supuesta mezquindad indígena que una profunda incomprensión cultural: en una economía del don, el valor de un objeto reside en su circulación, no en su acumulación.

Para la pensadora potawatomi, esta lógica del don no se limita a los seres humanos. Las plantas, los animales e incluso los elementos naturales funcionan según principios similares. Las bayas, por ejemplo, ofrecen su pulpa dulce a los animales y a los humanos, que, a cambio, dispersan sus semillas. Este sistema de intercambios mutuos, en el que cada parte da y recibe, asegura la perennidad de las especies. Las sociedades originarias, al observar estos mecanismos, desarrollaron prácticas que reproducen esta dinámica. Durante las ceremonias, un único cuenco y una única cuchara se comparten entre todos los participantes, recordando que los dones de la tierra están destinados a distribuirse equitativamente. Esta imagen del “cuenco único” y la “cuchara única” simboliza una ética del reparto en la que nadie puede apropiarse de más de lo que le corresponde. Robin Wall Kimmerer insiste en que esta generosidad no es ilimitada: implica una responsabilidad, la de no agotar los recursos, pero también la de devolver lo recibido.

inglés

Practices such as posting land against trespass, for example, are expected and accepted in a property economy but are unacceptable in an economy where land is seen as a gift to all.

español

Prácticas como cercar terrenos para prohibir su acceso, por ejemplo, son esperables y admitidas en una economía de propiedad, pero inaceptables en una economía donde la tierra se considera un don hecho a todos.

Robin Wall Kimmerer, Braiding Sweetgrass , libro Braiding Sweetgrass  — ed. según la traducción francesa de Véronique Minder, Le lotus et l'éléphant, 2021, trad. viasophia

La gratitud como acto político

En la obra de Robin Wall Kimmerer, la gratitud no es un simple sentimiento de reconocimiento pasivo. Es un acto político, una forma de resistir a las lógicas de explotación reafirmando el valor intrínseco de los seres vivos. La botánica relata haber asistido a una conferencia sobre modelos indígenas de sostenibilidad, donde una ecóloga algonquina fue interrogada por su consejo tribal acerca del significado del término “desarrollo sostenible”. Tras explicar las definiciones convencionales —gestión de recursos para satisfacer las necesidades presentes y futuras—, se sorprendió por la reacción de los ancianos. Para ellos, esa noción parecía perpetuar una mentalidad extractivista, donde la pregunta central seguía siendo “¿Qué podemos tomar?”. Su respuesta fue contundente: en su cosmovisión, la prioridad no es tomar, sino dar. Este giro de perspectiva revela una ética en la que el ser humano no ocupa el centro, sino que se sitúa como deudor, obligado a devolver lo recibido.

Esta idea de “dar a cambio” está en el corazón de lo que Robin Wall Kimmerer denomina la “Cosecha Honorable”. Este principio guía las interacciones con el mundo vivo imponiendo límites y obligaciones. Por ejemplo, al recolectar una planta, hay que asegurarse de no amenazar su supervivencia, pero también ofrecerle algo a cambio —ya sea mediante cuidados, oraciones o gestos concretos de restauración—. Esta reciprocidad permite resolver la tensión moral ligada a la toma de vida, transformando un acto de depredación en una relación de intercambio. La gratitud se convierte así en una herramienta de reparación, capaz de restablecer un equilibrio roto por siglos de explotación. Robin Wall Kimmerer subraya que esta práctica no está reservada a ceremonias o rituales: puede expresarse en gestos cotidianos, como elegir cultivar plantas nativas, limpiar un río o simplemente agradecer a un árbol antes de cosechar sus frutos.

Para la pensadora potawatomi, la gratitud es también una forma de memoria. Los seres humanos, a diferencia de otras especies, tienen la capacidad de recordar que el mundo podría ser menos generoso. Esta conciencia aguda de la fragilidad de los ecosistemas debe impulsarnos a actuar, no por miedo, sino por reconocimiento. Cita el ejemplo de las bayas, que en lengua potawatomi comparten raíz con la palabra “don”. Esta proximidad lingüística no es casual: refleja una visión del mundo en la que la generosidad es una ley natural, y en la que los humanos están invitados a inspirarse en ella. Durante las ceremonias, las bayas siempre están presentes, compartidas en un único cuenco para recordar que los dones de la tierra son para todos. Este ritual no es anodino: enseña que el valor de un don reside en su circulación, y que cuanto más se comparte, más se enriquece.

Restaurar la relación, no solo la tierra

La restauración ecológica, tal como la concibe Robin Wall Kimmerer, no se mide únicamente por el rebrote de la vegetación o el retorno de las especies animales. Su objetivo último es restablecer una relación de respeto y reciprocidad entre los seres humanos y el resto de lo vivo. Esta dimensión relacional suele estar ausente en los proyectos de rehabilitación, que se centran en indicadores cuantitativos —tasa de supervivencia de los plantones, calidad del agua, etc.—. Sin embargo, recuerda, la tierra posee su propia inteligencia, y es ella quien decidirá, en última instancia, el éxito o el fracaso de una restauración. Los humanos pueden sembrar semillas, pero son las interacciones entre las especies, los suelos y las condiciones climáticas las que determinarán si un ecosistema puede reconstituirse. En un contexto de cambio climático, donde los paisajes evolucionan rápidamente, esta incertidumbre es aún más marcada. Las especies que compondrán los ecosistemas del mañana quizá no sean las de ayer, pero la relación, ella, puede perdurar.

Esta idea de relación duradera está en el centro de la visión de Robin Wall Kimmerer. Cuenta cómo intentó cultivar hierba aromática en un vivero universitario, siguiendo protocolos científicos estrictos. A pesar de condiciones óptimas —riego, fertilizantes—, las plantas no prosperaron como aquellas que crecen en su medio natural, cuidadas por artesanos que tejen con ellas cestas. Esta constatación la llevó a cuestionar el enfoque puramente técnico de la restauración. La ciencia, por precisa que sea, no puede reproducir la complejidad de los vínculos que unen a una planta con su entorno, y menos aún con quienes la recolectan. La botánica concluye que la restauración más auténtica es aquella que restablece estas relaciones, integrando dimensiones espirituales, culturales y éticas a menudo ignoradas por los modelos científicos dominantes.

Para Robin Wall Kimmerer, esta restauración relacional pasa por prácticas concretas, pero también por un cambio de paradigma. Propone inspirarse en el “Discurso de agradecimiento”, un ritual en el que cada elemento del mundo natural —las plantas, los animales, los ríos, las montañas— es saludado y agradecido por su contribución a la vida. Este ritual no es una mera formalidad: recuerda que los seres humanos formamos parte de un todo, y que nuestra supervivencia depende de la generosidad de los demás seres. Al integrar esta gratitud en nuestras acciones cotidianas, podemos comenzar a reparar los vínculos rotos. La botánica imagina un futuro en el que la tierra, a su vez, podría “agradecer a los humanos” por los cuidados que le prodigan. Esta visión, aunque poética, no es utópica: se basa en una ética de la reciprocidad, donde cada gesto cuenta.

El don como resistencia

En un mundo marcado por el acaparamiento de recursos y la mercantilización de lo vivo, la lógica del don propuesta por Robin Wall Kimmerer aparece como una forma de resistencia. Cuestiona los fundamentos mismos de la economía capitalista, donde todo —incluida la tierra— se considera una mercancía. Al oponer a esta lógica una economía basada en el compartir y la gratitud, la pensadora potawatomi ofrece una alternativa radical, pero profundamente arraigada en prácticas ancestrales. Estas prácticas, recuerda, no son reliquias del pasado, sino herramientas para enfrentar los desafíos ecológicos contemporáneos.

Uno de los ejemplos más elocuentes de esta resistencia es la manera en que los dones circulan en las comunidades originarias. Robin Wall Kimmerer describe ceremonias en las que los objetos ofrecidos no son bienes materiales, sino símbolos de relaciones. Un niño que recibe un juguete durante una danza tradicional es invitado a compartirlo, pues un don solo tiene valor si continúa circulando. Esta idea contrasta fuertemente con las sociedades donde la propiedad privada es sacralizada, y donde el compartir suele percibirse como una amenaza. Para la botánica, esta circulación de dones es una lección que los humanos aprendieron al observar la naturaleza. Las bayas, por ejemplo, no se acumulan: se ofrecen a los animales y a los humanos, que, a cambio, aseguran su diseminación. Esta lógica del don es una ley universal, que las sociedades modernas han olvidado en favor de la acumulación.

En conclusión, Robin Wall Kimmerer no se limita a criticar los modelos ecológicos dominantes: propone una vía para superarlos. Su visión de la gratitud como tecnología de reparación ecológica se basa en una idea sencilla, pero revolucionaria: la tierra no es un recurso que explotar, sino un interlocutor con el que estamos en relación. Esta relación, para ser duradera, debe fundarse en la reciprocidad, el respeto y el reconocimiento. Al adoptar esta ética, no solo podremos restaurar los ecosistemas, sino también transformar nuestras sociedades, reemplazando la lógica de la propiedad por la del don. Esta transformación no será fácil, pero es necesaria. Como recuerda la botánica, las plantas y los animales nos muestran cada día cómo vivir en armonía con el mundo. Solo nos queda escucharlos.

Fuentes citadas

  • Robin Wall Kimmerer, Braiding Sweetgrass, ed. Le lotus et l'éléphant, 2021, trad. Véronique Minder.