La razón instrumental y sus límites: entre autonomía humana y sumisión al orden divino
Desmesura técnica y armonía preestablecida
La razón humana se despliega entre dos escollos: el de la herramienta que la supera y el de la verdad que pretende alcanzar. Dos voces, una moderna y otra medieval, trazan sus contornos sin confundirlos jamás. La primera denuncia la desmesura de una razón que se cree liberadora cuando en realidad enajena; la segunda explora sus límites naturales, allí donde la autonomía humana se encuentra con el orden divino. Distinguir estas perspectivas antes de buscar su cima común es evitar reducirlas la una a la otra o enfrentarlas sin matices.
La razón enajenada por sus propias herramientas
La herramienta, en sí misma, no es ni buena ni mala. Prolonga la mano, afina la intención, sirve a un uso. Pero cuando una institución se apodera de ella para convertirla en monopolio, cambia de naturaleza sin dejar de ser lo que es. Illich lo dice sin rodeos:
El monopolio de la institución sobre este tipo de herramientas manejables es un abuso: pervierte su uso, pero la herramienta no por ello deja de ser tal, como el cuchillo del asesino no deja de ser un cuchillo.
La herramienta sigue siendo un cuchillo, pero su uso se vuelve crimen. La razón instrumental, cuando se somete a la institución, no pierde su forma —sigue siendo un medio—, pero pierde su finalidad. Ya no está al servicio del hombre, sino del orden que la controla. El cuchillo no cambia, pero la mano que lo empuña deja de ser libre. La enajenación no proviene de la herramienta en sí, sino de la pretensión de convertirla en el único camino hacia la libertad. La razón, entonces, se vuelve contra sí misma: cree liberarse multiplicando los medios, pero se convierte en esclava de quienes los gobiernan.
Esta perversión no es una fatalidad. Es el resultado de una elección, o de una sumisión. La herramienta manejable, desviada por la institución, se transforma en instrumento de poder. La razón, que debería usarla con discernimiento, queda cautiva de sus propias creaciones. Deja de ver el abuso, pues ha interiorizado la idea de que más herramientas significan más libertad. Sin embargo, el cuchillo sigue siendo un cuchillo, incluso en manos del asesino. La razón sigue siendo razón, incluso cuando sirve a fines que la niegan.
La razón ante el orden divino
Si Illich señala la desmesura de una razón que se ciega ante sus propios límites, Averroes explora otra dimensión: la de una razón capaz de aprehender lo divino, pero dentro de fronteras precisas. El Discurso decisivo no habla de herramientas, sino del lugar de la razón humana en la economía del saber. Las cifras al margen del texto árabe, anotadas por el editor, recuerdan que esta reflexión se inscribe en un marco riguroso, donde cada palabra cuenta:
— Las cifras en el margen indican las páginas del texto árabe editado por M.
Esta mención, en apariencia técnica, revela algo más profundo: para Averroes, la razón humana no es una fuerza autónoma e ilimitada. Se ejerce dentro de un marco: el de un texto, una tradición, un orden que la precede y la trasciende. Las cifras al margen no son anotaciones arbitrarias; remiten a un original, a una autoridad que enmarca el pensamiento. La razón no es soberana: interpreta, comenta, busca comprender, pero siempre dentro de los límites de un dato que la supera.
Sin embargo, esta razón no es pasiva. No se limita a recibir; interroga, distingue, intenta aprehender el orden divino sin mediación. Pero esta búsqueda no carece de límites. La razón humana, por aguda que sea, no puede pretender agotar la verdad divina. Puede acercarse a ella, discernir sus contornos, pero siempre dentro de los límites de una armonía preestablecida. Las cifras al margen lo recuerdan: el pensamiento se inscribe en un texto, y el texto se inscribe en un orden más vasto.
La cima común: razón y límites
Estas dos perspectivas, la de Illich y la de Averroes, parecen distantes. Una habla de herramientas e instituciones; la otra, de textos y lo divino. No obstante, convergen en una misma pregunta: ¿cómo puede la razón humana servirse de sus facultades sin perderse en la ilusión de su omnipotencia?
Para Illich, la razón se extravía cuando cree que la multiplicación de los medios equivale a una liberación. La herramienta, desviada por la institución, se convierte en trampa. La razón, entonces, ya no está al servicio del hombre, sino del orden que la controla. Pierde de vista su finalidad, que es servir, no dominar.
Para Averroes, la razón choca con límites naturales. Puede aprehender lo divino, pero siempre dentro de las fronteras de un orden que la trasciende. Las cifras al margen del texto lo recuerdan: el pensamiento se inscribe en un marco, y ese marco no depende de ella. La razón no es soberana; interpreta, pero no crea el orden que busca comprender.
La cima común no es una síntesis, sino una tensión mantenida. La razón humana, para permanecer fiel a sí misma, debe reconocer sus límites. No es omnipotente ni impotente. Es una herramienta —en el sentido noble del término— que debe manejarse con discernimiento. Ya sea ante la desmesura técnica o ante el orden divino, la razón debe ocupar su lugar: ni dueña ni esclava, sino servidora de una verdad que la supera.
Esta tensión no es un fracaso, sino una condición. La razón que ignora sus límites se vuelve tiránica; la que los absolutiza, estéril. Entre ambas, hay espacio para una sabiduría: la que sabe distinguir sin separar y que, en esa misma distinción, encuentra el camino hacia una armonía posible.
Fuentes citadas
- Ivan Illich, La Convivialit, ed. .
- Averroès (Ibn Rushd), Discours décisif — Accord de la religion et de la philosophie (Faṣl al-maqāl), ed. Alger, Fontana, 1905 (texte arabe + trad. française), trad. Léon Gauthier.