George Kanahele: El *aloha ʻāina* como ética de la soberanía relacional
Cuando la tierra se convierte en el fundamento de una resistencia cultural kanaka-ʻōiwi
George Kanahele observa que la relación de los Kanaka-ʻōiwi con su tierra no puede reducirse a una cuestión de propiedad o derechos jurídicos. Para él, la verdadera soberanía surge de una responsabilidad colectiva hacia un territorio que trasciende al individuo. Esta responsabilidad, arraigada en una historia prolongada y una cosmología compartida, transforma la tierra en un ser por derecho propio, portador de memorias, vidas y fuerzas espirituales. Kanahele subraya que esta visión contrasta radicalmente con la idea occidental de posesión territorial, donde la tierra se convierte en una mercancía intercambiable. Para los Kanaka-ʻōiwi, la tierra no pertenece a nadie: es el ser humano quien le pertenece, y esta pertenencia funda una ética de la reciprocidad.
La tierra como herencia espiritual y no como propiedad
George Kanahele insiste en que los Kanaka-ʻōiwi de hoy cargan con una responsabilidad particular hacia su tierra, no en virtud de un título de propiedad, sino porque son sus herederos espirituales y ancestrales. Esta responsabilidad no se mide en hectáreas ni en porcentajes de control territorial, sino en actos de preservación y transmisión. Según él, los Kanaka-ʻōiwi son los guardianes de un territorio que encarna las vidas, las luchas y los logros de sus antepasados. La tierra no es un simple espacio geográfico: es el receptáculo de una historia colectiva, de una memoria viva que le confiere un valor incalculable.
Kanahele recuerda que esta concepción de la tierra como ser relacional nada tiene que ver con las nociones de propiedad privada. En el pensamiento tradicional kanaka-ʻōiwi, nadie podía reclamar la posesión de un lugar, y mucho menos venderlo como mercancía. La tierra era percibida como un don de los dioses, un espacio sagrado del que los humanos no eran más que administradores. Esta visión implica una relación de confianza: las generaciones actuales están encargadas de velar por la tierra en nombre de los ancestros, de sí mismas y de las generaciones futuras. Kanahele cita al respecto una declaración atribuida a Kamehameha III, que resume esta ética: la perennidad de la tierra depende de la rectitud de quienes tienen a su cargo su cuidado.
El aloha ʻāina: una ética política y espiritual
Para George Kanahele, el aloha ʻāina no se limita a un sentimiento de afecto por la tierra. Es una ética política, un compromiso de defender el territorio frente a las lógicas de despojo y explotación. Kanahele analiza cómo este concepto ha sido movilizado en movimientos de resistencia, en particular el que surgió en torno a la isla de Kahoʻolawe. Este movimiento, impulsado por activistas kanaka-ʻōiwi, empleó el aloha ʻāina como palanca para concienciar sobre la protección de los recursos naturales y la preservación de los valores culturales. Según Kanahele, esta movilización permitió difundir ampliamente una visión en la que la tierra no es un mero escenario, sino un actor central de la identidad y la soberanía kanaka-ʻōiwi.
Kanahele señala que este movimiento logró captar la atención de los medios y llegar a un público mucho más amplio, incluso fuera de las islas hawaianas. Aunque sus objetivos y métodos hayan generado divisiones, su mensaje encontró eco porque se apoyaba en un valor profundamente arraigado en la cultura kanaka-ʻōiwi: el amor y el respeto por la tierra. Kanahele destaca que esta politización del aloha ʻāina no fue criticada, pues se inscribía en una lógica de defensa legítima del territorio y de los valores que encarna. Para él, este movimiento ilustra cómo una ética tradicional puede convertirse en herramienta de resistencia contemporánea, sin ser percibida como una instrumentalización de la cultura.
La tierra como lugar de identidad y memoria
George Kanahele explora también cómo los Kanaka-ʻōiwi han marcado históricamente su territorio con nombres, relatos y cantos. Según él, esta práctica de nombrar los lugares no era casual: permitía otorgar identidad a cada parcela de tierra, atribuirle una historia y un significado. Kanahele cita trabajos de folcloristas y lingüistas para mostrar que los Kanaka-ʻōiwi lo nombraban todo, desde los campos de taro hasta las rocas sagradas, pasando por los lugares de pesca o los sitios de reunión. Cada nombre era una forma de evocar un acontecimiento, una leyenda o una presencia ancestral, y de inscribirlo en la memoria colectiva.
Esta profusión de nombres revela una relación íntima entre los Kanaka-ʻōiwi y su tierra. Kanahele subraya que esta práctica contrastaba con las sociedades modernas, donde los lugares suelen reducirse a coordenadas geográficas o espacios anónimos. Para los Kanaka-ʻōiwi, nombrar un lugar era darle dignidad, hacerlo visible en el gran relato de la geografía sagrada. Kanahele establece un paralelo con los Māori de Nueva Zelanda, cuya relación con la tierra es igualmente profunda. Según él, los Māori consideran la tierra como un lugar donde «mantenerse en pie», un espacio que encarna su herencia ancestral y su identidad. Kanahele se pregunta si los Kanaka-ʻōiwi contemporáneos pueden recuperar esa conexión íntima con su territorio, a pesar de los trastornos históricos y culturales.
inglés The older generation, in particular, recognize an almost mystical connection between land and personal standing.” A Sense of Place 183 When a Maori speaks of land, it is as a place to “stand on,” symbolizing the totality of his ancestral heritage back to the arrival of the canoes coming to Aotearoa and from beyond, from Kahiki, as this heritage is embodied in his being and self-identity.
español La generación más anciana, en particular, percibe un vínculo casi místico entre la tierra y la posición personal. Cuando un Māori habla de la tierra, es como de un lugar donde «mantenerse en pie», símbolo de la integridad de su herencia ancestral, que se remonta a la llegada de las canoas a Aotearoa y más allá, desde Kahiki, estando esta herencia encarnada en su ser y en su identidad.
La soberanía como reciprocidad y no como control
George Kanahele propone una redefinición de la soberanía, basada no en el control o la dominación, sino en la reciprocidad. Según él, la verdadera soberanía kanaka-ʻōiwi emerge de una relación de respeto y responsabilidad hacia la tierra. Esta visión se opone radicalmente a las lógicas coloniales, que han convertido la tierra en un recurso a explotar o en un bien a poseer. Kanahele recuerda que los Kanaka-ʻōiwi siempre han considerado la tierra como un ser vivo, dotado de agencia propia. Defender la tierra es, pues, defender una parte de sí mismos, una memoria colectiva y una identidad cultural.
Kanahele destaca que esta ética de la reciprocidad tiene implicaciones políticas concretas. Exige repensar los modos de gobernanza, las relaciones con las instituciones estatales y los proyectos de desarrollo. Para él, la soberanía no se decreta: se construye en la acción, a través de gestos concretos de preservación, transmisión y resistencia. Kanahele ve en movimientos como el de Kahoʻolawe un ejemplo de esta soberanía en acto, donde la defensa de la tierra se convierte en un acto de reapropiación cultural y política.
Conclusión: Reencantar el vínculo con lo vivo
George Kanahele ofrece una visión en la que la tierra no es un mero escenario, sino un actor central de la historia y la identidad kanaka-ʻōiwi. Su obra invita a repensar la relación con el territorio no en términos de posesión, sino de reciprocidad y responsabilidad. Para Kanahele, el aloha ʻāina no es un concepto abstracto: es una ética viva, que compromete a los Kanaka-ʻōiwi de hoy a defender su tierra como se defiende una parte de sí mismos. Esta visión, a la vez política y espiritual, propone una alternativa a las lógicas de dominación y explotación, y abre el camino a una soberanía arraigada en el respeto por lo vivo.
Fuentes citadas
- George Kanahele, Ku Kanaka Stand Tall Search for Hawaiian Values, ed. University of Hawaiʻi Press, 1986, trad. texte original en anglais (chercheur kanaka ʻōiwi nommé) ; rendu français maison.