El *kren* que se niega a ser nombrado: Ailton Krenak y la resistencia desde la invisibilidad
Retrato de un pensamiento que escapa a la captura ontológica
El espíritu-memoria que se sustrae
Para Ailton Krenak, los relatos de los pueblos originarios sobre el origen de la vida no narran una génesis lineal, sino una serie de metamorfosis donde lo humano no es más que una etapa entre otras. Evoca historias en las que seres fueron antes peces, árboles u otras formas de vida antes de concebirse como personas. Esta idea atraviesa las tradiciones de diversos pueblos, desde los ainu de Japón hasta los guaraníes de Sudamérica, pasando por los yanomami y las naciones originarias de Norteamérica. Estos relatos no son mitos en el sentido occidental, sino memorias vivas, huellas de una conciencia que precede y excede la configuración humana. Para Krenak, esta memoria ancestral no es una simple narración: es una presencia activa, un modo de sentir el mundo donde los límites entre las especies se desvanecen.
Describe, en particular, cómo los pueblos originarios perciben los bosques no como recursos, sino como entidades inteligentes, organismos vastos con los que comparten un parentesco. Este parentesco no es metafórico: se manifiesta en una sensación física, casi genética, donde los árboles y los humanos reconocen un origen común. Esta percepción cuestiona la idea misma de “naturaleza” como categoría separada de lo humano. Según él, ese sentimiento de conexión debería movilizar a las personas para proteger los bosques, pero observa que las iniciativas occidentales —como las reservas naturales o los proyectos de reforestación— siguen atrapadas en una lógica extractivista. Incluso los esfuerzos más loables, como los de su vecino Sebastião Salgado, no logran revertir la tendencia: los bosques siguen desapareciendo, reemplazados por plantaciones efímeras destinadas a la producción de celulosa.
Esta impotencia no es solo ecológica, sino ontológica. Ailton Krenak subraya que las decisiones individuales, como renunciar al auto o a los productos fósiles, no bastan para contrarrestar la destrucción sistémica. El problema no es una cuestión de conducta, sino de estructura: el mundo occidental ha formateado la realidad como mercancía, y esa lógica se impone con tal naturalidad que incluso los niños están condicionados a reproducirla. Las escuelas, según él, no son lugares de educación, sino fábricas de normalización, donde se moldean las mentes para que encajen en un sistema depredador. Esta crítica se extiende a las instituciones internacionales, como el Banco Mundial o la ONU, cuyos programas de “desarrollo sostenible” no hacen más que perpetuar la ilusión de un control posible sobre la destrucción.
El rechazo a la captura: una presencia que escapa
Ailton Krenak introduce una noción central en su pensamiento: la de una presencia que se sustrae a todo intento de captura. No nombra explícitamente al kren en el pasaje citado, pero describe una realidad que encarna su esencia. El kren, tal como se trasluce en sus reflexiones, no es un concepto por definir, sino una fuerza que persiste en lo invisible. Se trata de una memoria de las montañas, de una inteligencia de los bosques, de una conciencia que se niega a ser reducida a objeto de conocimiento o posesión. Esta presencia no necesita ser nombrada para existir: se manifiesta en los relatos, en los sueños, en las interacciones cotidianas con lo vivo.
Según él, los pueblos originarios mantienen una relación con el mundo onírico que va más allá de la mera interpretación simbólica. Los sueños no son mensajes por descifrar, sino realidades tangibles, espacios donde el tiempo y el espacio se confunden. Cuando un krenak sueña con un río o un bosque, ese sueño no es una metáfora: es una experiencia directa, un modo de conectar con dimensiones ajenas al mundo material. Esta práctica onírica no está reservada a chamanes o “místicos”: forma parte integral de la vida cotidiana. Por ejemplo, si alguien le propone a Ailton Krenak emprender un viaje, esperará soñarlo antes de tomar una decisión. Si no sueña con él, no irá. Este modo de vivir no es superstición, sino una orientación existencial, una manera de preservar una integridad colectiva y cósmica.
Esta resistencia desde la invisibilidad también se manifiesta en el rechazo a someterse a las categorías occidentales. Ailton Krenak critica con vehemencia la idea de “sostenibilidad”, que considera una ilusión. Para él, esta noción no hace más que reproducir la lógica extractivista bajo un barniz ético. Las prácticas occidentales de “conexión con la naturaleza”, como el yoga o los peregrinajes, no son más que roces superficiales con el paisaje: no alteran la relación depredadora que la humanidad mantiene con la Tierra. En cambio, en los bosques, la vida no se sustituye a sí misma: fluye, y quienes se sumergen en ellos sienten esa presión, esa presencia que los atraviesa. Esta experiencia no es una abstracción, sino una realidad física, un modo de percibir que el viento, las nubes y los ríos son espejos de nuestra propia existencia.
portugués As informações que ela recebe de como se constituir como pessoa e atuar na sociedade já seguem um roteiro predefinido: vai ser engenheira, arquiteta, médica, um sujeito habilitado para operar no mundo, para fazer guerra; tudo já está configurado.
español La información que recibe sobre cómo constituirse como persona y actuar en la sociedad sigue ya un guion predeterminado: será ingeniera, arquitecta, médica, un sujeto capacitado para operar en el mundo, para hacer la guerra; todo está ya configurado.
La escuela como máquina de normalización
Para Ailton Krenak, la educación occidental es una máquina de producir sujetos dóciles, formateados para reproducir un sistema injusto. Las escuelas no transmiten saberes, sino guiones preestablecidos: dictan a los niños qué deben llegar a ser —ingenieros, médicos, soldados— y cómo deben actuar en el mundo. Esta normalización comienza en la infancia y se impone como una evidencia. Los niños crecen en un mundo donde todo está ya configurado, donde los roles están asignados, donde las posibilidades están limitadas por esquemas predefinidos. Esta lógica no se contenta con formar profesionales: fabrica sujetos capaces de hacer la guerra, de destruir el planeta y de perpetuar las desigualdades.
Observa que esta educación es un atentado contra la libertad de pensamiento. No permite a los niños desarrollar una conciencia crítica, sino que los encierra en un molde que los separa de sus raíces, de su memoria y de su capacidad para imaginar otros modos de estar en el mundo. Los padres, según él, han renunciado a su derecho de transmitir su propio legado, dejando esa tarea en manos de instituciones que no hacen más que reproducir los dogmas del sistema. Hoy, hablar de ancestralidad se considera una práctica mística, reservada a chamanes o “madres de santo”, mientras que los “gente bien” —aquellos que salen de los MBA o de las grandes escuelas— desprecian esos saberes. Circulan como cíborgs, administrando universidades y empresas sin cuestionar jamás los fundamentos de un mundo que contribuyen a destruir.
Esta crítica se extiende a la pandemia de Covid-19, que Ailton Krenak interpreta como un momento de ruptura. Para él, la suspensión de las actividades humanas reveló el absurdo de un sistema que vende el futuro como mercancía. La gente creyó que bastaba con cambiar de calendario para resolver los problemas, pero la crisis mostró que el verdadero desafío era repensar radicalmente nuestra relación con el mundo. Insiste en que el “retorno a la normalidad” no es una solución: esa “normalidad” es precisamente lo que condujo a la destrucción del planeta y al agravamiento de las desigualdades. La pandemia fue un recordatorio brutal de que la humanidad ya no puede seguir viviendo como si estuviera separada de la naturaleza.
El sueño como resistencia
En el pensamiento de Ailton Krenak, el sueño no es un simple fenómeno psicológico, sino una práctica política. Describe cómo los pueblos originarios utilizan los sueños para orientar sus acciones, tomar decisiones y mantener un vínculo con realidades que escapan a la lógica occidental. Por ejemplo, cuando un krenak sueña con un viaje, ese sueño no es una mera anticipación: es una confirmación, una autorización para actuar. Si no lo sueña, no irá. Esta práctica no es individual, sino colectiva: se inscribe en una conciencia compartida, un modo de preservar una integridad cósmica.
Este enfoque del sueño como guía existencial contrasta radicalmente con la racionalidad occidental, que busca controlar, medir y predecir todo. Para Ailton Krenak, el sueño es una forma de resistir a esa lógica depredadora, un modo de permanecer fiel a una memoria que precede y excede lo humano. Observa que esta práctica sigue viva entre los jóvenes originarios que se dedican al arte o la cultura: ellos continúan portando esa perspectiva colectiva, negándose a aislarse en trayectorias individuales. Ninguno de ellos, según él, se ha lanzado solo al mundo: actúan siempre en conexión con su comunidad, con su memoria y con las otras formas de vida que los rodean.
Esta resistencia desde el sueño es también una manera de rechazar la captura ontológica. Al mantener una relación viva con los relatos ancestrales, con las montañas y con los bosques, los pueblos originarios preservan una presencia que escapa a las categorías occidentales. El kren, esa memoria de las montañas, no necesita ser nombrado para existir: persiste en lo invisible, en los intersticios de un mundo que busca clasificar, poseer y destruir todo. Para Ailton Krenak, esta presencia es una forma de resistencia última: un modo de afirmar que lo vivo no se deja reducir a mercancía y que el futuro no está en venta.
Fuentes citadas
- Ailton Krenak, A vida não é útil, ed. Companhia das Letras, São Paulo, 2020, trad. trad. maison (du portugais).