El silencio como ética: la ausencia que transmite

Meditación sobre la palabra ausente en Galsan Tschinag

El silencio como ética: la ausencia que transmite
Ondarchoygan — Чайлагда аныяктар. Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
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El abandono como revelación

Según Galsán Chinag, hay momentos en que el mundo se retira para entregarse mejor a quien sabe escucharlo. En The Blue Sky, una escena se despliega en torno a un cobertizo abandonado, erguido en la estepa bajo un cielo de verano. El humo se demora, denso, antes de disolverse en el aire, dejando paso a un silencio que no es vacío alguno. Ese silencio, dice, es resonante: lleva en sí el calor de la tierra, el eco de presencias invisibles y esa extraña capacidad de hacer vibrar lo que ya no está. El cobertizo, solitario, se convierte en testigo de una ausencia que habla. No es una carencia, sino una plenitud en espera.

Galsán Chinag observa cómo, en ese espacio deshabitado, el narrador busca palabras para enfrentarse a fuerzas que escapan a la mirada —seres tan inasibles como el viento o la luz, pero cuya presencia se adivina en los estremecimientos del aire. Esas palabras, las quisiera afiladas como piedras, capaces de golpear lo que se sustrae. Sin embargo, no llegan. O mejor dicho, no llegan todavía. Porque el silencio, aquí, no es impotencia, sino disciplina. Una manera de mantenerse atento a los ritmos del mundo, a esas presencias que solo se revelan a quienes saben aguardar.

inglés

By then the shed has been deserted, and stands out tall and lonely against the steppe amid resounding silence and the warmth of early summer.

español

Desde entonces, el cobertizo está abandonado y se alza, alto y solitario, en la estepa, en medio de un silencio resonante y la dulzura de los primeros días de verano.

Galsán Chinag, The Blue Sky  — ed. según la traducción francesa de Katharina Rout, Milkweed Editions, 2010, trad. viasophia

La escucha como resistencia

El silencio, en Galsán Chinag, nunca es neutro. Está cargado de lo que fue, de lo que podría advenir y, sobre todo, de lo que resiste a la palabra. En la escena que sigue, el narrador, exhausto, se hunde en un sueño pesado, como para escapar de una amenaza inminente. Su despertar es brutal: una jeringa, larga y amenazante, se acerca a él. El pánico lo invade, y una lucha comienza, no contra un enemigo visible, sino contra el arbitrio de un poder que se ejerce sin palabras.

Sin embargo, es en ese momento de terror cuando el silencio adquiere otra dimensión. Las sombras se deslizan por la ventana, voces murmuran, pasos se arrastran. El narrador agudiza el oído, tratando de adivinar qué ocurre afuera. ¿Se han llevado a su hermano? ¿Sigue escondido en algún lugar, amenazado de violencia? Las preguntas quedan sin respuesta, pero el silencio, en cambio, se convierte en un espacio de resistencia. Al negarse a hablar, o al verse privado de palabra, el narrador se aferra a lo que no puede ser apresado: los ruidos indistintos, las presencias fugaces, los ritmos de un mundo que sigue vivo a pesar de la opresión.

Galsán Chinag muestra así cómo el silencio puede ser un arma. En un contexto donde la palabra es vigilada, controlada o incluso prohibida, la ausencia de palabras se vuelve refugio. Permite preservar lo que no puede decirse, transmitir lo que no puede escribirse. El silencio no es una renuncia, sino una manera de mantenerse en pie, de conservar viva una sabiduría que se transmite por otros caminos —los de la escucha, de la atención a los detalles, a los suspiros, a los movimientos imperceptibles.

La transmisión por la ausencia

Lo que sorprende en esta meditación es la idea de que el conocimiento no se transmite solo mediante palabras, sino por su ausencia. El narrador, al intentar comprender qué le ocurre a su hermano, no recibe respuesta alguna. Sin embargo, es en ese aparente vacío donde algo se transmite. Los pasos que se arrastran, las sombras que se deslizan, el silencio que se espesa: todo ello se convierte en un lenguaje propio, un lenguaje de presencias invisibles.

Galsán Chinag sugiere que esta forma de transmisión quizá sea más poderosa que las palabras. Exige una escucha activa, una disposición a lo que no se entrega de inmediato. El silencio, aquí, no es un obstáculo, sino un pasaje. Invita a percibir lo que suele ignorarse: los ritmos del viento, las variaciones de la luz, los movimientos de los seres que pueblan lo invisible. En esto, se acerca a una ética de lo vivo, donde el conocimiento no se conquista mediante el dominio, sino mediante el abandono a lo que nos supera.

Esta idea resuena con cierta tradición tuvana, en la que el mundo se percibe como un tejido de relaciones entre seres visibles e invisibles. El silencio, desde esta perspectiva, no es un vacío, sino un lienzo donde se entretejen esas relaciones. Es el lugar donde se aprende a escuchar lo que no habla, pero que está ahí, presente, activo.

El silencio como presencia

Al final de la escena, el narrador, abrumado por el miedo y la incertidumbre, se encuentra solo en la oscuridad que se espesa. La amenaza parece estar en todas partes y en ninguna a la vez. Sin embargo, es precisamente en ese momento de vulnerabilidad cuando el silencio revela su poder. Ya no es un simple intervalo entre palabras, sino una presencia en sí misma, una fuerza que envuelve y protege.

Galsán Chinag nos recuerda así que el silencio no es enemigo de la palabra, sino su complemento. Es lo que permite a la palabra cobrar todo su sentido, al ofrecerle un espacio donde desplegarse. En un mundo donde todo parece tener que ser dicho, explicado, dominado, el silencio se convierte en una forma de sabiduría. Nos invita a permanecer en la incertidumbre, a escuchar lo que no se deja atrapar, y a reconocer que ciertos conocimientos solo se transmiten por la ausencia.

En esto, la ética del silencio que propone Galsán Chinag es una ética de la atención. Nos enseña a percibir el mundo no como un objeto a dominar, sino como un interlocutor al que escuchar. El cobertizo abandonado en la estepa, el silencio resonante del verano, las sombras que se deslizan por la ventana: tantos signos de una presencia que solo se revela a quienes saben callar.

Fuentes citadas

  • Galsan Tschinag, The Blue Sky, ed. Milkweed Editions, 2010 (orig. allemand, Insel Verlag, 1999), trad. Katharina Rout (anglais) ; rendu français maison.