Tres perspectivas sobre la relación con lo vivo
Cada fragmento aquí seleccionado encierra una crítica de lo que podría llamarse, a falta de mejor término, la ilusión de un dominio humano sobre lo vivo. Los tres autores, sin conocerse ni compartir un lenguaje común, proponen vías para repensar esa relación. Sus propuestas no se solapan, pero trazan juntas un límite: el de un antropocentrismo que, bajo formas distintas, niega el lugar del ser humano en un orden más vasto.
Spinoza: la necesidad como derecho
Spinoza enuncia una ley que no admite excepción: «Cada uno existe por el supremo derecho de la Naturaleza, y en consecuencia cada uno hace, por ese mismo derecho, lo que se deriva de la necesidad de su propia naturaleza; y así, cada cual juzga, por el supremo derecho de la Naturaleza, qué cosa es buena, cuál mala, o atiende a su interés según su complexión». Este pasaje no describe un ideal, sino una realidad: todo ser, humano o no, actúa según lo que su naturaleza le impone. El derecho del que habla no es una concesión, sino consecuencia directa de la existencia.
La pretensión de dominar lo vivo nacería, entonces, de un desconocimiento de esa necesidad. Si el ser humano cree poder someter lo que lo rodea, es porque ignora que cada cosa —planta, animal, piedra— sigue su propia ley, tan inexorable como la suya. El juicio humano sobre el bien y el mal, sobre lo útil y lo dañino, no es más que una expresión de su complexión, es decir, de su constitución particular. No se trata de una verdad universal, sino de una perspectiva entre otras, tan legítima y tan limitada como la de un árbol o un río.
Spinoza no condena esta ilusión, la disuelve. El dominio no es un poder por conquistar, sino una ficción por abandonar. Lo vivo no es un objeto que someter, sino un conjunto de fuerzas que actúan según su propio derecho. El ser humano no es más que un eslabón en esa cadena de necesidades, y su error consiste en creer que es el centro.
Dōgen: el cuerpo y la mente en movimiento
Dōgen escribe: «body and flap the brain, freely turn the: See turn the body and flap the brain, freely». Estas palabras no forman una frase en el sentido habitual, sino una invitación a percibir de otro modo. El cuerpo y la mente no son entidades fijas, sino movimientos que se entrelazan sin cesar. Flap, turn: los verbos sugieren una libertad que no es la de la voluntad, sino la de una danza en la que cada gesto engendra el siguiente.
La ilusión del dominio humano sobre lo vivo adopta aquí otra forma: la de una separación entre el observador y lo observado. Si el cuerpo y la mente están en perpetuo giro, el ser humano no es un sujeto que actúa sobre el mundo, sino una parte del mundo que se agita en él. La distinción entre lo humano y lo no humano se desvanece en ese movimiento. Un árbol no se limita a crecer: flap y turn, al igual que la mente que lo contempla.
Dōgen no propone una teoría, sino una práctica. Ver el cuerpo y la mente girar libremente es abandonar la idea de control. Lo vivo no es un objeto que manipular, sino un flujo en el que se participa. El dominio no es una imposición, sino una coincidencia: estar ahí, en medio del movimiento, sin pretender dirigirlo.
Kopenawa: las hojas de los espíritus
Davi Kopenawa dice: «Las hojas afiladas que poseen los xapiri, como los espíritus ara, loro y caimán, están hechas también de ese metal 898». Los xapiri, esos espíritus que pueblan el mundo yanomami, no son símbolos ni metáforas, sino realidades tan tangibles como los humanos. Sus hojas, sus cantos, sus acciones forman parte de un orden en el que todo está vivo y es consciente.
La ilusión del dominio humano adquiere aquí una dimensión política. Los no humanos —animales, plantas, espíritus— no son recursos que explotar, sino sujetos con los que hay que componer. El metal 898 no es un detalle técnico, sino la prueba de que los xapiri poseen herramientas tan reales como las de los humanos. Negar esa realidad es desconocer su existencia misma.
Kopenawa no habla de ignorancia, sino de violencia. La pretensión de dominar lo vivo no es un error de percepción, sino un acto de negación. Los espíritus ara, loro y caimán no son criaturas que someter, sino compañeros con los que los humanos deben convivir. Su metal, sus hojas, sus acciones son elementos de un mundo en el que el ser humano no ocupa un lugar privilegiado.
Convergencia de los rechazos
Los tres autores rechazan la idea de una superioridad humana, pero sus críticas no coinciden. Spinoza ve en la ilusión de dominio un desconocimiento de las leyes universales; Dōgen, una ignorancia del movimiento perpetuo del cuerpo y la mente; Kopenawa, una violencia que niega la subjetividad de lo no humano.
Sin embargo, sus propuestas confluyen en un punto: el ser humano no es un amo, sino un partícipe. Spinoza lo sitúa en una red de necesidades, Dōgen en un flujo de movimientos, Kopenawa en un mundo poblado de espíritus. Ninguno le concede un lugar central. El dominio no es una posibilidad, sino una ficción que abandonar.
Lo vivo, en los tres, no es un objeto que controlar, sino una realidad a la que se pertenece. Spinoza habla de derecho natural, Dōgen de giro libre, Kopenawa de hojas de espíritus. Sus lenguajes difieren, pero su rechazo es el mismo: el de una separación entre lo humano y lo que no lo es.
Fuentes citadas
- Baruch Spinoza, Éthique, ed. , trad. Charles Appuhn (1913).
- Dōgen, dogen-shobogenzo-treasury-true-dharma-eye-tanahashi, ed. .
- Davi Kopenawa, La Chute du ciel, ed. Plon, coll. Terre humaine, 2010, trad. Bruce Albert (propos yanomami recueillis et traduits).