El retiro interior
Marco Aurelio y la posibilidad de un lugar sin lugar
Los hombres buscan refugio en el campo, en la orilla del mar, en la montaña. Es lo que Marco Aurelio reprocha a sus contemporáneos al inicio del libro IV de las Meditaciones. El reproche se condensa en una frase: no es necesario partir para retirarse. El retiro está en uno mismo.
griego antiguo Ἀναχωρήσεις αὑτοῖς ζητοῦσιν ἀγροικίας καὶ αἰγιαλοὺς καὶ ὄρη·
εἴωθας δὲ καὶ σὺ τὰ τοιαῦτα μάλιστα ποθεῖν. Ὅλον δὲ τοῦτο
ἰδιωτικώτατόν ἐστιν, ἐξὸν, ἧς ἂν ὥρας ἐθελήσῃς, εἰς ἑαυτὸν ἀναχωρεῖν.
español Los hombres buscan refugios en el campo, en la orilla,
en las montañas. Tú también sueles desear eso por encima de todo.
Pero todo eso es propio de un espíritu limitado, pues te es posible,
en el momento que elijas, retirarte en ti mismo.
El argumento no es solo cuestión de comodidad. Es metafísico. Si el desasosiego proviene de las cosas, huir de ellas basta. Pero si el desasosiego nace del juicio que se emite sobre ellas —y esa es la tesis fundamental del estoicismo—, ningún litoral lo disipará. La agitación sigue al viajero. El único lugar donde puede desatarse es aquel de donde surge: el pensamiento mismo.
Aquí es donde una intuición casi gemela atraviesa la antigua China, más de cuatro siglos antes. En el sexto capítulo del Zhuangzi, el maestro Yan Hui anuncia a Confucio que ha progresado. Ha, dice, “olvidado”. Confucio pregunta. El discípulo precisa: ha olvidado los ritos, luego la música. Y finalmente, afirma haber alcanzado el zuowang 坐忘 —literalmente, “sentarse en el olvido”—.
Dejo caer mi cuerpo, depongo mi espíritu, abandono forma y saber, y me uno al Gran Todo: eso es lo que llamo sentarse en el olvido.
Los dos gestos no dicen lo mismo. Marco Aurelio conserva un sujeto que se retira en sí mismo —un hēgemonikon, una “parte directriz”, a la que se regresa como a un hogar—. Zhuangzi, en cambio, sugiere el abandono del sujeto, el borrado de la frontera entre el yo y el Todo. Uno construye un refugio; el otro deja caer hasta la pregunta por el refugio.
Pero lo que une a ambos es un rechazo compartido. Rechazo al dispositivo externo. Rechazo a la idea de que la calma se encuentre en algún lugar —una playa, un monasterio, un paisaje en rotación—. Para uno y otro, es el apego al lugar lo que constituye precisamente el obstáculo. Marco Aurelio habla de un retiro en cualquier momento. Zhuangzi habla de un sentarse que ya no necesita soporte. En ambos casos, el desplazamiento geográfico se trueca por un movimiento inmóvil.
Una economía del reposo
Lo que Marco Aurelio y Zhuangzi cuestionan es lo que podría llamarse la economía turística del reposo: la idea de que hay que comprar, organizar, transportarse para descansar. A esa economía oponen una gratuidad radical. La calma no es un bien por adquirir; es una disposición a la que se regresa cuando se deja de externalizarla.
La modernidad ha multiplicado las anachōrēseis de catálogo —retiros de yoga, talleres de meditación, escapadas de desconexión—. La objeción de ambos maestros no apunta tanto a esos dispositivos en sí como al apego que se desarrolla hacia ellos. El peligro no es la orilla, sino creer que solo allí habría calma.
Marco Aurelio cierra su pasaje con una fórmula sencilla, casi doméstica: concédete, pues, ese reposo en cualquier momento. El verbo es importante. El reposo no se encuentra. Se concede —por uno mismo, a uno mismo—. Y es bajo esa condición que resulta inagotable.
Fuentes citadas
- Marc Aurèle, Pensées pour moi-même, ed. Trédaniel, 2022, trad. Pierre Vesperini.
- Zhuangzi, Œuvre complète, ed. Gallimard / Pléiade, 2011, trad. Jean Lévi.