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title: "El pueblo de la mercancía"
sousTitre: "Davi Kopenawa invierte la mirada: no son los yanomami a quienes describe, sino los blancos —una tribu que nombra por el afecto que la domina, el amor a los objetos acumulados."
description: "Matihi thëri pë, « el pueblo de la mercancía »: el nombre que Davi Kopenawa da a los blancos en *La caída del cielo* —un exónimo yanomami, no un « consumismo»."
date: 2026-06-18
lang: es
tradition: yanomami
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# El pueblo de la mercancía

Antes de describir a los blancos, Davi Kopenawa relata la pregunta que los suyos se hacían al verlos amontonar el metal amarillo: «¿Qué hacen los blancos con todo ese oro? ¿Acaso lo comen?». Chamán y portavoz yanomami del norte de la Amazonía, Kopenawa ha pronunciado durante más de veinte años, en yanomami, las palabras que el antropólogo Bruce Albert recogió y compuso en francés en *La caída del cielo*. El capítulo se titula «El amor a la mercancía». No trata de la selva, sino de nosotros —y el primer gesto es un vuelco: es el observado quien comienza a observar, y quien nombra a quien creía ser solo un ojo.

Ese nombre, Kopenawa lo pone en boca de los blancos mismos, en el instante en que, tras arrancar los minerales de la tierra y levantar las fábricas, se enamoran de lo que sus manos saben fabricar.

> ¡Somos de verdad el pueblo de la mercancía! ¡Podremos volvernos cada vez más numerosos sin quedarnos nunca desprovistos! ¡Creemos también pieles de papel para intercambiarlas!
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> — **Davi Kopenawa**, *La caída del cielo*, livre XIX, ch. XIX, «El amor a la mercancía». éd. según la traducción francesa de Bruce Albert, Plon, col. Terre humaine, 2010.

*[matihi thëri pë]* Bruce Albert anota la expresión yanomami: *matihi thëri pë*, «los habitantes, la gente de la mercancía», o *matihi pë potima thë pë*, «los poseedores, los dueños de las mercancías». *Matihi* designaba los bienes preciosos —cenizas funerarias, adornos de plumas—; hoy la palabra alude casi siempre a las mercancías de los blancos.

Hay que escuchar lo que hace este nombre. Aquí una tribu se define por un apego: no por un territorio, una lengua o unos ancestros, sino por el objeto que codicia. *Matihi*, la palabra que antaño nombraba los bienes preciosos de un muerto y los atavíos de las fiestas, se ha aplicado a las mercancías —y el pueblo que las fabrica se identifica con ellas hasta tomar su nombre. Kopenawa no dice que los blancos *posean* mucho; dice que *son* el pueblo de eso, como se es de un clan o de un río.

El afecto que los domina lo ha nombrado con una precisión implacable. Frente a los almacenes de Manaos y Boa Vista, ante esos chinchorros y esos hierros de hacha apilados, pudriéndose en casas cerradas sin ser regalados a nadie, terminó por entender:

> Los blancos trataban sus mercancías como a mujeres de las que estuvieran enamorados. Solo quieren acapararlas y guardarlas celosamente ante sus ojos.
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> — **Davi Kopenawa**, *La caída del cielo*, livre XIX, ch. XIX, «El amor a la mercancía». éd. según la traducción francesa de Bruce Albert, Plon, col. Terre humaine, 2010.

Es un amor, pues, pero un amor de apropiación: no se regala a la amada, se la encierra, se duerme con las llaves. A este rasgo Kopenawa opone, sin subrayarlo, el uso de los suyos —«nosotros no somos gente que acostumbra negar la comida a sus visitantes»—, donde el valor de una cosa se mide por lo que se distribuye. El pueblo de la mercancía, en cambio, goza reteniendo; y su alegría, tal como él la imagina, es una euforia de soledad.

> ¡Pertenezco al pueblo de la mercancía y de las fábricas! ¡Poseo todas estas cosas solo! ¡Soy inteligente! ¡Soy un hombre importante, un rico!
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> — **Davi Kopenawa**, *La caída del cielo*, livre XIX, ch. XIX, «El amor a la mercancía». éd. según la traducción francesa de Bruce Albert, Plon, col. Terre humaine, 2010.

Queda no confundir este nombre con el nuestro. Nosotros tenemos una palabra para esta fiebre: *consumismo*. Pero es una palabra de adentro —una autodescripción, a veces un argumento de venta, siempre pronunciada por quien consume y sabe que consume. *Pueblo de la mercancía* viene del otro lado. Es un exónimo, el nombre que una sociedad da a otra desde fuera, como tantos que hemos forjado para designar a quienes observábamos. Solo que aquí la flecha se invierte: el etnografiado nombra al etnógrafo, y lo clasifica a su vez —no entre civilizados o salvajes, sino entre aquellos a quienes un objeto posee hasta el punto de que llevan su nombre. El diagnóstico no es cuantitativo, es tribal; no dice *consumís demasiado*, sino *he aquí lo que sois*.

Kopenawa no juzga, describe —y la descripción, hecha con los ojos de un hombre que viene de otra riqueza, basta para volvernos ajenos a nosotros mismos. Tres siglos antes que él, un pintor de Holanda había colocado bajo un cráneo una hilera de monedas y, encima, una burbuja a punto de reventar, con estas dos palabras: *humana vana*. La selva no necesitó llegar tan lejos. Le bastó mirar el oro apilado y preguntar si se comía.

## Fuentes

- Davi Kopenawa & Bruce Albert, *La Chute du ciel. Paroles d'un chaman yanomami* — Plon, coll. Terre humaine, 2010, trad. Bruce Albert (propos yanomami recueillis et traduits)


Fuente canónica : https://viasophia.org/es/reenchanter/2026-06-18-peuple-de-la-marchandise/
