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title: "La medida y la desmesura"
sousTitre: "Disminuir, contentarse, limitar los deseos: Lao-Tsé, Marco Aurelio y Montaigne ante lo ilimitado."
description: "Tres tradiciones, tres formas de pensar el límite frente a lo ilimitado. Primero distinguimos lo que cada una dice, luego escuchamos lo que resuena."
date: 2026-06-07
lang: es
tradition: undefined
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# La medida y la desmesura

Siempre más. Es la fórmula más breve que puede darse de una época, y la nuestra quizá responda a ella mejor que ninguna otra. Más producción, más cálculo, más velocidad; más tierras removidas para extraer el metal que hará girar máquinas que exigirán otras. El crecimiento ya no es un medio al servicio de un fin, se ha convertido en su propio fin, y llamamos crisis a todo lo que lo frena. Sin embargo, existe una intuición muy antigua, compartida por hombres que nunca se leyeron entre sí, según la cual ese *siempre más* no es la salud de un mundo, sino su enfermedad —que más allá de cierto punto, tomar aún es ya perder.

La intuición es común, pero no se piensa en todas partes del mismo modo, y ahí radica todo el interés. Un taoísta del siglo IV antes de nuestra era, un emperador estoico del siglo II, un gentilhombre perigordino del Renacimiento: tres formas de percibir el límite, que sería perezoso fundir en una sola sabiduría del «menos». El Tao no disminuye por las mismas razones por las que Marco Aurelio se contenta, y ni uno ni otro sostienen el discurso de Montaigne sobre la codicia de los conquistadores. Distingamos primero. Lo que resuene después será más nítido.

## I. Lao-Tsé: el camino que sustrae

La sabiduría occidental, desde Sócrates, es casi siempre una sabiduría de la adquisición: se busca saber más, poseer mejor, aunque sea la virtud. El *Tao Te King* toma el camino inverso. Su pendiente no es la acumulación, sino la sustracción —como [el vacío del cubo hace girar la rueda](https://viasophia.org/articles/2026-06-03-le-moyeu-vide/), es por lo que resta que el sabio se vuelve capaz.

  
    為學日益，為道日損。損之又損，以至於無為。無為而無不為。
  
  Quien se dedica al estudio aumenta cada día (sus conocimientos). Quien se entrega al Tao disminuye cada día (sus pasiones). Las disminuye y las disminuye sin cesar hasta llegar al no-actuar. Desde que practica el no-actuar, nada le resulta imposible.

*[損 · sǔn]* El verbo que Julien traduce como «disminuir» significa recortar, mermar, hacer decrecer. Es el exacto contrario de 益 (*yì*, aumentar) que abre la frase. La vía no añade una disciplina a las demás: quita.

El movimiento descrito aquí no es una privación amarga, el apretarse el cinturón. Es el aligeramiento de quien se despoja poco a poco de lo que lo estorbaba sin saberlo. Estudiar es cargar el espíritu cada día con un saber más; seguir la vía es retirarle cada día un deseo. Y el término de esta sustracción lleva un nombre que ha hecho correr mucha tinta: el *no-actuar*, *wu-wei*.

*[無為 · wú-wéi]* Literalmente «sin actuar». No es la inercia, sino la acción que no añade ninguna coacción al curso de las cosas —que no necesita forzar porque se ajusta a la pendiente de lo real. Su contrario no es el reposo, es el ajetreo.

Sería un error completo leer aquí un elogio de la pereza. El no-actuar no es el rechazo a actuar; es el rechazo a forzar. Quien fuerza añade su esfuerzo a la resistencia de las cosas, y la resistencia crece con el esfuerzo; quien se ajusta al curso obtiene sin constreñir. Por eso el capítulo termina con un aparente paradoja que ya no lo es: *nada le resulta imposible*. El máximo de eficacia coincide con el mínimo de intervención. La desmesura, aquí, no es solo un vicio moral: es un error de física. Forzar es desconocer la vía.

De ahí una segunda lección, aún más cortante, que apunta directamente a ese *siempre más*:

  
    持而盈之，不如其已；揣而銳之，不可長保。金玉滿堂，莫之能守；富貴而驕，自遺其咎。功遂身退天之道。
  
  Más vale no llenar un vaso que pretender sostenerlo (cuando está lleno). Si se afila una hoja, aunque se la explore con la mano, no se podrá conservar siempre (cortante). Si una sala está llena de oro y piedras preciosas, nadie podrá guardarlas. Si se está colmado de honores y se enorgullece uno, se atraerán desgracias. Cuando se han hecho grandes cosas y obtenido reputación, hay que retirarse a un lado. Tal es la vía del cielo.

El vaso demasiado lleno se vuelca; la hoja demasiado afilada se embota; la sala colmada de oro no se guarda. Lao-Tsé no moraliza sobre la riqueza, observa una ley: lo que se lleva al extremo pide su inversión. La plenitud es inestable, la cumbre es un comienzo de caída. Y la última frase lo sella todo: *retirarse tras la obra cumplida, tal es la vía del cielo* (功遂身退，天之道). El límite no es una regla que los sabios hayan dictado para refrenar a los ambiciosos; es la manera en que el cielo mismo procede. El sol, llegado al cenit, declina; la luna llena mengua. Saber detenerse no es obedecer a una moral, es ajustarse al ritmo del mundo. La medida taoísta es cosmológica antes que ética. Dice menos *debes* que *así es como todo va*.

## II. Marco Aurelio: la parte y el todo

El estoico también habla de medida, y también la asienta en el orden del mundo. Pero ese mundo no es la vía silenciosa y procesual del Tao: es una *Naturaleza* racional, una ciudad, un gran cuerpo regido por una razón que prevé. La diferencia no es de palabra. Allí donde el Tao pide que no se añada nada, el estoico pide que se *consienta* —que se diga sí al lugar que nos es asignado en un conjunto que nos supera y que tiene sentido.

> ¡Oh mundo!, todo me conviene de lo que puede convenir a tu armonía; nada es para mí prematuro ni tardío de lo que para ti llega a su tiempo. Todo es fruto para mí, oh naturaleza, de lo que producen las estaciones fijadas por ti. Todo viene de ti, todo vive en ti, todo retorna a ti.
>
> — **Marco Aurelio**, *Pensamientos para mí mismo*, livre IV, § 23. éd. d'après la traducción francesa de Jules Barthélemy-Saint-Hilaire, Wikisource.

Es una plegaria, y hay que escucharla como tal. El emperador no se resigna con amargura; asiente. La palabra decisiva es *convenir*: lo que conviene a la armonía del todo me conviene a mí, porque no soy un todo, soy una *parte*. Toda la desmesura estoica reside en el olvido de esta condición de parte —en la pretensión de una fracción de conducirse como si fuera el todo, de querer para sí un destino distinto del que el conjunto le asigna.

*[μέρος / ὅλον]* El pensamiento estoico gira en torno a la relación de la parte (*méros*) con el todo (*hólon*). El sabio es quien se sabe fracción de un orden y quiere lo que el orden quiere. El vicioso es la fracción que se sueña totalidad.

Marco Aurelio vuelve una y otra vez al hombre que «sabe contentarse con el destino que recibe en el reparto del orden universal de las cosas». Contentarse: no por falta de ambición, sino por exactitud. Desear más allá de su parte es desear una falsedad, querer que el mundo no sea lo que es —y es hacerse desdichado por [lo que no depende de nosotros](https://viasophia.org/articles/2026-06-06-ce-qui-depend-de-nous/). Y el emperador encuentra, para decir la medida, una imagen que no habría desdeñado Lao-Tsé —la de una naturaleza que se limita a sí misma:

> Lo verdaderamente admirable en el arte que despliega la naturaleza es que, habiéndose fijado límites a sí misma, transforma en su propia sustancia todo lo que en ella parece hecho para corromperse, envejecer y volverse inútil [...]. Sabe, pues, contentarse con el espacio que le pertenece, con la materia que también es suya, y con el arte que le es propio.
>
> — **Marco Aurelio**, *Pensamientos para mí mismo*, livre VIII, § 50. éd. d'après la traducción francesa de Jules Barthélemy-Saint-Hilaire, Wikisource.

La naturaleza no rechaza nada fuera de sí porque no hay *fuera de ella*: no tiene lugar donde arrojar sus desechos, así que los transforma. He aquí una economía sin residuos, que se contenta con su espacio y su materia. El contraste con nuestra forma de producir es tan directo que más vale no subrayarlo: basta con leer. La sabiduría, para el estoico, es imitar esa contención —vivir como una parte que sabe que no es más que una porción, y que no exige del todo ni más espacio ni más materia que la que le corresponde.

Ya se ve dónde se separan las dos vías. El Tao resta el deseo para dejar de forzar un curso que se basta; calla sobre el sentido. Marco Aurelio, en cambio, consiente en una parte porque cree que el conjunto está gobernado por una razón justa. El primero se aligera, el segundo obedece. El primero se ajusta a un proceso, el segundo se integra en un orden. Confundir ambos sería perder lo que hace valioso a cada uno: no se consuela de la misma manera a quien cree el mundo sensato y a quien lo tiene por un río sin intención.

## III. Montaigne: el espejo y lo superfluo

Con Montaigne, cambiamos de aire. Ya no hay cosmos racional ni vía celeste: un hombre que ha leído a los Antiguos, que observa su siglo y que da vuelta a los juicios como se da vuelta un guante. Su medida no es cosmológica ni providencial. Es crítica. Nace de un desplazamiento de la mirada.

En el capítulo *De los caníbales*, Montaigne escucha el relato de un hombre que vivió doce años en Brasil, y extrae de él una frase que ha atravesado los siglos:

> No encuentro nada de bárbaro ni de salvaje en lo que me cuentan de esa nación, salvo que cada cual da esos calificativos a lo que no se practica en su tierra.
>
> — **Montaigne**, *Ensayos*, livre I, ch. 30, § De los caníbales. éd. d'après l'édition française modernisée de Michaud, 1907 (Wikisource)"
  maison
  lang="fra.

*[barbarie]* La modernización de 1907 suaviza el impacto del texto de 1595, donde Montaigne escribía que cada cual «llama barbarie a lo que no es de su uso». El sentido permanece: bárbaro es una palabra que siempre se pronuncia sobre el otro, nunca sobre uno mismo.

El golpe va dirigido al único lugar que importa: no a las costumbres de esos pueblos, sino al lugar desde donde los juzgamos. Llamar «bárbaro» al otro es erigir el propio uso en medida de todas las cosas —gesto de desmesura si los hay, pues ignora sus propios límites. Y he aquí lo que Montaigne observa en esos hombres a quienes llaman salvajes: no la ausencia de ley, sino una extraña justeza del deseo.

> Tienen además la dicha de limitar sus deseos a lo que exige la satisfacción de sus necesidades naturales, y todo lo que va más allá les parece superfluo.
>
> — **Montaigne**, *Ensayos*, livre I, ch. 30, § De los caníbales. éd. d'après l'édition française modernisée de Michaud, 1907 (Wikisource)"
  maison
  lang="fra.

*Limitar sus deseos*: la misma medida, hallada en quienes Europa tiene por primitivos. Pero —y aquí hay que guardarse de Montaigne tanto como seguirlo— no hace de esa medida una metafísica. No dice, como Lao-Tsé, que es la vía del cielo; ni, como Marco Aurelio, que es el orden de la Naturaleza. Tiende un espejo. Opone a la codicia de su mundo la imagen de otro, y nos deja el cuidado de sonrojarnos. Su medida es un argumento *ad hominem* dirigido a toda una civilización.

Pues el otro término de la comparación lo nombra sin rodeos. En el capítulo *De los coches*, al evocar la conquista del Nuevo Mundo, su prosa abandona la ironía por la indignación:

> ¡Cuántas ciudades arrasadas, cuántas naciones exterminadas, cuántos millones de individuos pasados a filo de espada, cuántos trastornos en esa parte tan bella y rica del mundo, por el comercio de perlas y pimienta! ¡Miserables victorias!
>
> — **Montaigne**, *Ensayos*, livre III, ch. 6, § De los coches. éd. d'après l'édition française modernisée de Michaud, 1907 (Wikisource)"
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  lang="fra.

*Por el comercio de perlas y pimienta.* Toda la desmesura está en la desproporción de esa frase: naciones enteras contra especias. El salvaje no es el hombre desnudo que limita sus deseos a sus necesidades; el salvaje es quien arrasa ciudades por pimienta y llama a eso victoria. Montaigne no deduce la medida de un orden del mundo —la hace surgir de un escándalo. Su límite es el nombre de una vergüenza.

## Síntesis: tres fundamentos de una misma contención

Tres veces la medida, y tres veces otra cosa. Para Lao-Tsé, el límite es un hecho de la vía: lo colmado se invierte, el cielo se retira tras la obra, y uno se aligera para dejar de forzar. Para Marco Aurelio, el límite es un hecho de la razón: soy una parte de un todo con sentido, y la sabiduría está en querer mi porción sin codiciar la de otros ni la del conjunto. Para Montaigne, el límite no es un hecho de nada —es una exigencia moral que nace de una mirada desplazada, el espejo tendido a una civilización que ha perdido el sentido de lo superfluo.

Importa no aplastar estas diferencias bajo una «sabiduría universal de la frugalidad». El taoísta no renunciaría al mundo: lo acompaña mejor que el atareado. El estoico no contempla un río indiferente: obedece a una providencia. Montaigne no funda nada en el cielo: acusa. Uno dice *así es*, el otro *esto tiene sentido*, el tercero *esto es indigno*. Tres gramáticas del límite —proceso, orden, conciencia.

Y sin embargo, se vuelven hacia el mismo adversario, que no ha envejecido. A ese adversario podríamos llamarlo *lo ilimitado*: la convicción de que nunca hay un punto donde detenerse, de que lo lleno pide más-lleno, de que todo límite es un obstáculo que franquear y no una forma que respetar. Lao-Tsé responde con el vaso que no se llena; Marco Aurelio, con la naturaleza que se contenta con su espacio; Montaigne, con las necesidades naturales más allá de las cuales todo es superfluo. Tres veces se dice lo mismo: existe un *basta*, y perderlo de vista es el comienzo de la ruina. Queda una pregunta que estas sabidurías no podían plantear, y que se ha [abordado en otro lugar](https://viasophia.org/articles/2026-06-06-fetichisme-marchandise/): en la era de la mercancía, ¿la desmesura es aún un deseo que el alma puede corregir, o se ha trasladado a las cosas mismas?

Que este diagnóstico provenga de épocas y lugares que se ignoraban debería detenernos. Un mundo que excava sus fondos marinos, que revuelve sus montañas por el metal de sus máquinas, que mide su salud por su solo crecimiento, no tiene ante estos textos la comodidad de creerlos pintorescos. No describen otro mundo: nombran, por anticipado, el nuestro —y lo nombran desde el único lugar desde el que aún es posible verlo, el de la medida.

## Cláusula

En primer plano del cuadro de Poussin, un gigante camina hacia el levante. Es Orión, el cazador desmesurado, y está ciego; sobre su hombro, un hombre minúsculo le señala la dirección del sol. La fuerza colosal no sabe adónde va; es necesario que una pequeña medida, encaramada en lo alto, le sirva de ojos. La imagen dice en silencio lo que los tres textos dicen con palabras: la potencia sin límite es una ceguera, y es el más pequeño quien ve.

Queda la frase de Lao-Tsé, la más despojada de las tres, que no ordena nada ni acusa a nadie: *disminuir, y disminuir aún*. No es seguro que aún sepamos escucharla. Pero espera, intacta, a que volvamos a ella.

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**À lire aussi**

- [Le moyeu vide](https://viasophia.org/articles/2026-06-03-le-moyeu-vide/)
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## Fuentes

- Lao-Tseu, *Tao Te King (Le Livre de la voie et de la vertu)* — Imprimerie nationale, 1842 (Wikisource), trad. Stanislas Julien (https://fr.wikisource.org/wiki/Le_Livre_de_la_voie_et_de_la_vertu)
- Marc Aurèle, *Pensées pour moi-même* — Wikisource (trad. Barthélemy-Saint-Hilaire), trad. Jules Barthélemy-Saint-Hilaire (https://fr.wikisource.org/wiki/Pens%C3%A9es_pour_moi-m%C3%AAme)
- Michel de Montaigne, *Essais (Des Cannibales I.30 ; Des Coches III.6)* — Wikisource (édition Michaud, 1907 — orthographe modernisée), trad. édition Michaud, 1907 (https://fr.wikisource.org/wiki/Essais/%C3%A9dition_Michaud,_1907)


Fuente canónica : https://viasophia.org/es/essais/2026-06-07-mesure-et-demesure/
